Alejandra Omaña: de actriz para adultos a senadora en guerra
Una senadora de la República de Colombia, Alejandra Omaña, arrastra un pasado que en casi cualquier parlamento sería una nota al pie y en el suyo ocupa titulares: durante una etapa trabajó en el cine para adultos bajo el seudónimo de Amaranta Hank.
Ella no lo esconde. Lo reivindica y lo atribuye a las dificultades económicas y a la falta de oportunidades. La ironía es inevitable: quien hoy pide respeto en el Senado cobró antes por su cuerpo.
El asunto no se queda en la biografía. En el mismo terreno donde se discute su pasado aparece lo que da título a esta polémica pública: la situación de los colombianos que combaten en la guerra de Ucrania. Y las dos piezas encajan. Si ella entró en la industria para adultos por dinero, se argumenta, sus compatriotas van a la guerra por lo mismo.
¿Quién es Alejandra Omaña y qué ha dicho de su pasado?
La senadora tiene
34 años y ha defendido abiertamente su etapa en el cine para adultos. No se avergüenza, dice. Según su propio relato, un actor español del sector habría estado a punto de contagiarle una enfermedad de transmisión sexual, un episodio que ella misma ha aireado y que la discusión repite como muestra de la dureza de aquel entorno.
Desde el escaño no ha evitado los temas incómodos. Publicó un mensaje sobre el
retorno de los falsos positivos en Colombia y expresó su solidaridad con la familia del joven Ricardo Martínez. Es decir: la misma persona a la que se le recuerda su pasado es la que pone el foco sobre una violencia que rara vez sale en los titulares.
El dinero: de la falta de oportunidades al frente de Ucrania
Aquí está el meollo económico. El argumento que recorre el asunto es sencillo y descarnado: unos y otros hacen lo que hacen por dinero. Ella, por falta de alternativas; los que hoy empuñan un fusil en un conflicto ajeno, por la paga que no encuentran en casa. La senadora lo dijo sin rodeos al justificar su etapa: entró a la industria para adultos porque no tenía otras puertas abiertas. El paralelismo incomoda justo por eso, porque convierte una biografía escandalosa en un dato sobre el mercado laboral colombiano y sobre los canales que encuentra la necesidad cuando el empleo formal falla.
La sospecha de venalidad que recorre la política
El tramo más cínico llega cuando se pasa de juzgar el pasado a juzgar el presente.
Vendió su cuerpo por dinero y ahora que tiene poder es incorruptible, resume una corriente: la que sostiene que quien cobró por su cuerpo cobrará también por su cargo. Otra parte lo lee al revés: la senadora no ha matado a nadie y, a diferencia de quienes envían a otros a morir, al menos no deja cadáveres. Una tercera, más tibia, concede que la profesión anterior era, en el fondo, más digna que la actual.
Ninguna postura se cierra. La pregunta de fondo, si el pasado descalifica para el poder o si el poder descalifica más que cualquier pasado, queda abierta.
Con el foco sobre los colombianos que combaten lejos de casa, el análisis se atasca donde se atascan casi todos: en el dinero, en quién lo gana y en cuánto está dispuesto a poner cada uno para conseguirlo.