La bolsa de plástico cuesta 20 céntimos y la de fruta sigue gratis
¿Salva algo cobrar 20 céntimos por la bolsa de la compra? El gesto ya está asentado en la caja del supermercado, pero deja fuera de la tasa a las bolsas de fruta y verdura, que se siguen entregando a coste cero. El cliente paga por cargar el carro y no por envolver dos manzanas. La contradicción no es un detalle menor: es el eje del enfado con el paquete de medidas contra el plástico de un solo uso, del que también forman parte las pajitas de cartón y los tapones unidos a la botella.
Las pajitas de cartón y el cálculo de los diez gramos
Una parte del análisis sostiene que estas medidas persiguen lo microscópico mientras lo grueso permanece intacto. El ejemplo recurrente: el plástico gastado en pajitas a lo largo de un año se mide en gramos —hay quien lo cifra en unos diez— y sin embargo el cambio de material ha llegado al mojito de cualquier bar. Enfrente pesa el argumento contrario: un envase innecesario es innecesario aunque sea pequeño, y la bolsa de casa siempre fue una opción disponible.
El punto de fricción real no es el gramo, es la asimetría. Se cobra al consumidor final, no al envase que llega de fábrica con plástico de más, ni a la industria del automóvil o las refinerías que también aparecen en la conversación.
El 95 % del plástico oceánico y los diez ríos
Circula un dato que reordena el debate: alrededor del 95 % del plástico que acaba en los océanos procedería de solo diez ríos. De ahí sale la tesis de que el esfuerzo europeo es cosmético si China e India no frenan. La réplica local también existe y es incómoda: el Tajo y sus afluentes convertidos en alcantarilla, atascados de toallitas, no son un problema importado.
Total, que pagaremos los 20 céntimos. Y la bolsa de la fruta seguirá siendo gratis, que es el mejor resumen de cómo se diseña una tasa.