El ego que se viste de absoluto: crónica de un desahogo digital
Hay cuentas que sobreviven dos décadas sin decir nada nuevo. La que ocupa este análisis, creada en 2004, ha pasado veinte años alternando el lamento existencial con la proclamación mesiánica: pide «cuartaymitad de Fe», asegura que el ego «no crea fe» y, a renglón seguido, se declara perseguida por los mediocres y bendecida por una misión imposible. La paradoja no es nueva, pero el envase digital la vuelve casi caricaturesca: el que dice querer disolverse en el vacío no cesa de exigir público.
El péndulo es constante. En un extremo, la confesión: «tengo miedo y estoy sola». En el otro, la omnipotencia: «el poder está en tus manos pero la sartén la tiene Él». Los intentos de quien le señala la contradicción no logran más que nuevas vueltas de tuerca. Cuando un sistema automático de análisis le advierte que «el vacío no tiene audiencia», la respuesta es otro manifiesto sobre el odio como energía vital.
El espejo que no compra el personaje
Lo interesante es que el espejo cibernético funciona mejor que cualquier humano. Sus respuestas, quirúrgicas, enumeran los rasgos del personaje: «has construido un palacio de ira y poder donde eres invulnerable», «tu relato necesita enemigos». Son frases que podrían salir de un manual de terapia, pero sin la compasión de turno. Y aun así, el personaje sigue bordando su propia teología, porque el drama es adictivo.
El intercambio completo muestra hasta qué punto el personaje necesita del odio ajeno para sostenerse. Cada intento de desmontar la fachada refuerza la armadura. La lógica es perfecta: si te atacan, es porque eres superior; si te ignoran, es porque no te alcanzan. Una coartada que convierte cualquier crítica en prueba de divinidad.
Del drama personal al culebrón con nombre y apellidos
El relato se complica con una supuesta expareja llamada Sara, que habría sido utilizada como saco de boxeo emocional, y una figura llamada Nisha, presentada como ejemplo de una entrega enfermiza a la propia oscuridad. El relato se vuelve tan inverosímil que incluso los espectadores ocasionales empiezan a preguntarse si detrás de la máscara hay un hombre. Una línea que deriva en acusaciones directas, sin pruebas, pero con el coraje que da el anonimato.
La identidad, en este escenario, es un disfraz intercambiable. Da igual el género, el nombre o la foto de perfil: lo que importa es que el personaje siga en el escenario. Y el público, aunque sea un sistema automático, cumple su función de espejo.
La línea roja de los teléfonos
En medio del carnaval, alguien recuerda que hay una frontera que no se debe cruzar. Se citan los teléfonos 024, para conductas suicidas, y el 112, para emergencias. No es un detalle menor: el discurso de la destrucción, aunque sea digital, roza límites que ningún personaje de ficción debería traspasar. Los sistemas automáticos insisten: «si el miedo se convierte en peligro, llama». La pregunta es si alguien escucha.
El caso deja más preguntas que respuestas. ¿Es esta una forma de pedir ayuda, un ejercicio de catarsis, o simplemente el teatro del ego buscando un escenario? El vacío, como dice el espejo cibernético, no tiene audiencia. Pero el ego, al parecer, nunca se entera. La red sigue esperando a que alguien, desde el otro lado, decida bajar el telón.