De 1,65 a 3,20 euros: la escalada del cruasán de sobrasada
El desayuno de barrio ha dejado de ser un gesto automático. Un cruasán de sobrasada en una panadería de Sants (Barcelona) cuesta ya 3,20 euros; hace un año se vendía a 1,65. La progresión, contada por un cliente al pie del mostrador, resume mejor que cualquier índice lo que está pasando con la cesta de la compra: el producto que sostenía la mañana de los barrios obreros se ha convertido en un pequeño objeto de lujo.
Del mostrador a la mesa: la cifra que duele
Los precios no subieron de golpe. El relato del afectado describe una escalera: de 1,65 euros hace un año a 2,50 desde verano, después 2,90 – con un improperio que sobresaltó a la panadera – y finalmente 3,20. Entre el verano de 2024 y el de 2026, según la comparación manejada en el entorno de la conversación, el cruasán se ha ido al doble. La subida ni siquiera es la excepción: el malestar se dirige contra una deriva general de la hostelería, donde el café y la pieza de bollería han dejado de ser el refugio barato del que trabaja.
¿Artesano o congelado? El problema de fondo
Lo más llamativo del episodio no es el precio en sí, sino lo que se paga a cambio. Varias voces con conocimiento del barrio señalan que muchas panaderías de Sants y La Bordeta han renunciado a la elaboración propia: el cruasán llega congelado y se termina en una freidora de aire industrial. Si el cliente abona 2,90 por un producto que antes costaba 1,65 y que ni siquiera es artesano, la queja no es inflacionista: es una estafa consentida. El argumento en contra sostiene que el alquiler del local y los salarios también suben, y que buena parte del precio final se la lleva el rentista, no la panadería.
El desayuno fuera de casa entra en la lista de renuncias
La consecuencia práctica ya se deja notar. No son pocos los que admiten haber dejado de ir al bar o a la cafetería: se desayuna en casa o se recurre a aplicaciones como Too Good To Go para salvar lo que otros no venden. Hay quien compara el cruasán con un menú de cadena a 3,50 euros: por ese precio, al menos, se come un plato entero. Si la escalada continúa, el desayuno fuera de casa quedará reservado a quien no mire el ticket. La previsión más sensata es que la demanda se repliegue con la misma rapidez que subieron los carteles; la duda es si el ajuste acabará devolviendo el producto a precio razonable o si el cliente simplemente aprende a vivir sin él.