Spiriman, tres años después: el médico que murió a los 46 y aún divide
Jesús Candel murió a los 46 años por un cáncer de pulmón. Tres años después, su figura sigue partiendo en dos a quien lo recuerda: para unos fue el médico que plantó cara a la Junta de Andalucía y evitó el cierre del hospital Clínico de Granada; para otros, el profesional que durante la pandemia llamó
locos, egoístas y asesinos a quienes no se vacunaron. Las dos cosas caben en el mismo hombre. Y ninguna de las dos se borra con la muerte.
Lo que nadie discute es el currículum de agitación. Médico de familia, tres banderillas, se hizo conocido por encabezar las protestas contra el desmantelamiento de la red hospitalaria de Granada capital, un plan que, según quienes siguieron el conflicto, el gobierno autonómico socialista empezó a ejecutar mientras el colegio profesional miraba para otro lado. La movilización ciudadana que lideró frenó la fusión hospitalaria y reabrió servicios de especialidades. De ahí el apodo con el que se le conoce en media España.
El cáncer de pulmón y la polémica del tabaco
La causa oficial de la muerte fue un cáncer de pulmón. Y ahí arranca el primer frente. Una parte del análisis sostiene que un médico que fumó durante décadas —nacido en 1976, cuando ya se avisaba en las cajetillas— no podía permitirse el discurso ejemplarizante. La respuesta llegó rápido: hay quien afirma que Candel nunca fumó, y desde el plano clínico se recuerda que el cáncer de pulmón también aparece en no fumadores, con la exposición al gas radón como causa principal en ese grupo.
El dato que descoloca a los dos bandos es que el tumor ya lo había superado antes. La recaída, y el desenlace, llegaron después. Sobre esa secuencia se han construido toda clase de teorías, desde el estrés de los juicios y las demandas hasta sospechas de manipulación que no cuentan con ninguna prueba. Conviene decirlo claro: son especulaciones sin respaldo.
La UAPO y la frase que le costó el crédito
Candel montó la UAPO, una unidad para complementar los tratamientos oncológicos con deporte, nutrición y apoyo psicológico. De ahí salió su frase más citada:
el que quiere curarse, se cura. Sacada de contexto, suena a barrabasada. Sus defensores sostienen que nunca dijo que el cáncer se curase con ganas, sino que afrontarlo con ánimo mejora las probabilidades de éxito del tratamiento, y que él mismo se trató con quimioterapia. Los críticos, en cambio, recuerdan que ese tipo de mensajes alimentan la idea de que la actitud sustituye a la medicina. La discusión sigue abierta porque el propio interesado ya no puede aclararla.
El covid, la línea que lo cambió todo
Si algo marcó su legado fue la pandemia. Candel defendió públicamente la vacunación con un argumento que repetía:
yo creo en las vacunas porque creo en la evidencia científica. Y arremetió con dureza contra quienes cuestionaban las medidas sanitarias. Eso le granjeó el odio de una parte de la población que hasta entonces lo tenía en un pedestal. «No le perdono el apartheid que promovió contra mí», resume una de las posturas más repetidas. Otra lo sitúa directamente en la lista de personajes públicos que cayeron del pedestal con la gestión de la crisis sanitaria.
El resultado es una figura imposible de encasillar. Denunció la corrupción de la Junta, se enfrentó a los suyos y acabó señalado por los que antes lo aplaudían. Hay quien sostiene que fue un corporativista más, defensor del chiringuito de su gremio. Y hay quien responde que dimitió a cargos, desmontó unidades de gestión y se jugó el tipo contra la administración. Las dos cosas, otra vez, en el mismo hombre.
Amenazas, presión y un final abierto
Su activismo tuvo coste personal. Según varios relatos, llegaron a dejar mensajes amenazantes en la puerta de su casa, con sus hijos menores dentro. Ese clima de presión, unido a los procesos judiciales y al desgaste público, forma parte del relato de quienes creen que la tensión le pasó factura física. Es una hipótesis, no un diagnóstico. Y como tal debe leerse.
Tres años después, la pregunta no es si Candel fue un santo o un demonio. La pregunta es por qué un médico de familia se convirtió en el azote de una consejería, en el ídolo de unos y en el enemigo íntimo de otros. Nadie ha ocupado su hueco. Y eso, en un país donde la sanidad pública se discute a golpe de titular, dice bastante del tipo de figura que era.