El coronel Baños llena tres horas y 630.000 visionados
Tres horas de conversación.
630.000 visualizaciones en quince horas, según el recuento que se cita en el hilo. Un canal con
3,5 millones de suscriptores. El coronel Pedro Baños, reservista del Ejército de Tierra y analista de geoestrategia, ocupó el asiento del podcast de Jordi Wild para hablar de la guerra de Ucrania y de sus críticas a la OTAN y a Estados Unidos. La duración ya es un titular en sí misma: tres horas no las aguanta cualquiera, y ese detalle se ha colado en mitad de la polémica. Con lo que allí se dijo, el respetable se ha partido en dos trincheras.
Qué defiende el analista y por qué arrastra público
Para una parte de la audiencia, lo que hace Baños es justo lo que nadie hace en horario estelar: dar contexto, poner el foco en los intereses y no en un reparto de buenos y malos, y explicar el tablero sin pedir perdón. Quienes lo defienden subrayan su condición de voz libre, capaz de cuestionar a la OTAN y a Estados Unidos, de hablar de un orden mundial en transición y de sostener que los medios convencionales fabrican un relato interesado. El formato ayuda: tres horas de charla pausada permiten desarrollar ideas que en un informativo se despachan en treinta segundos. Y el dato de audiencia respalda la jugada. Medio millón largo de reproducciones en un día no se improvisa.
En la otra orilla, la crítica es igual de rotunda. Se le reprocha un sesgo pro-ruso que empapa cada respuesta, una insistencia monotemática y un aire de experto en todo que no siempre cuadra con los hechos. Su frase más recordada lo persigue: el
24 de enero, en televisión, sentenció que «Rusia ni tiene la voluntad ni tiene los medios ni tiene la capacidad económica para invadir ningún país». Poco después, las tropas rusas cruzaban la frontera. Su armazón se apoya en las críticas a la OTAN y a Estados Unidos; su agujero, en esa predicción.
El historial que no se borra: Russia Today y Sputnik
Hay un elemento que envenena cualquier discusión sobre Baños: su pasado como colaborador de
Russia Today y
Sputnik, dos medios bajo órbita del Kremlin. Ese vínculo, sumado a la vitola de exresponsable de contrainteligencia que algunos le adjudican, es la munición principal de sus críticos. Se argumenta que un analista que trabaja para la maquinaria informativa rusa no puede presentarse después como observador neutral, y que su discurso —amenaza constante, anuncios de apocalipsis, un enemigo global que lo mueve todo— responde más a una narrativa que a un método.
Aquí aparece la figura del
vendehumos, esa acusación que circula sin necesidad de prueba: que si publica dos libros al año, que si vive del miedo, que si es puro márketing. Hay quien recuerda incluso su paso por la guerra de Yugoslavia para señalar una contradicción entre su prédica antibelicista y ciertos episodios del pasado. Son dardos que apuntan menos al contenido que al personaje, y explican por qué la discusión nunca se cierra: se discute al mensajero antes que al mensaje.
¿Por qué se discute tanto la duración de la entrevista?
Porque tres horas son, para muchos, un abuso. Un formato así exige una entrega que solo sostiene la audiencia más motivada, y esa barrera se ha convertido en argumento: si hay que aguantar tres horas a alguien hablando, la conversación deja de ser divulgación y pasa a ser militancia. Otros lo ven al revés, como una señal de que existe demanda real de contenido largo cuando el tema interesa. El dato bruto acompaña a los segundos: 630.000 visionados en quince horas son cifras que muchos programas de televisión envidian sin disimulo.
El asunto de fondo, sin embargo, es dónde se informa hoy. Frente a quienes siguen dependiendo de la radio y la televisión generalistas, cada vez más gente sostiene que el contenido serio migró a canales alternativos: podcast, YouTube, boletines independientes. La tesis es que un creador con 3,5 millones de suscriptores difunde antes y mejor que muchos tertulianos con carné. La réplica es la contraria: esa selva sin filtros es precisamente donde prosperan los relatos sin contraste.
Al final, la entrevista ha hecho mucho ruido y ha dejado pocas certezas. Unos ven un análisis sereno y necesario; otros, tres horas al servicio de un relato contaminado. Lo único medible, de momento, es la audiencia. El resto es interpretación, y sobre eso no hay acuerdo posible cuando el punto de partida ya está tomado.