La tensión con Marruecos reabre la vieja teoría del complot judío
La visita de Pedro Sánchez a Argelia la semana pasada es el último movimiento de una partida diplomática que tiene en vilo al norte de África. En el terreno de las tertulias económicas, esa partida ha detonado una lectura mucho más antigua: la de la invasión inminente, con el 711 como telón de fondo y un supuesto patrón judío detrás de los movimientos de Marruecos. Hay quien lo celebra, quien lo teme y quien pide que se aporten pruebas. Por ahora, sobran las evocaciones históricas y faltan los datos.
El eco del 711 en la geopolítica actual
La referencia a la conquista omeya de la península aparece una y otra vez como marco explicativo. «Como en el 711, la solución es otro 1492», resume una de las intervenciones más difundidas. La idea de fondo: España estaría repitiendo el error de la tolerancia frente a un enemigo que busca destruirla desde dentro. La otra España, la de la Reconquista, es invocada como espejo.
Ese relato histórico se mezcla con la enemistad confesa hacia Israel. «Son nuestros enemigos», sostiene una de las voces, recordando que Franco nunca reconoció al Estado israelí. La supuesta querencia anglosajona por desestabilizar España con el Sáhara como moneda de cambio completa el cuadro.
Conspiración frente a escepticismo
La discusión interna muestra dos campos bien diferenciados. El primero sostiene que la comunidad judía y los sionistas celebran la presión marroquí porque debilita a un país que los apoya. No se aporta ninguna prueba: ni documentos, ni nombres, ni intereses contrastables. La segunda corriente, minoritaria pero firme, responde con lógica simple: no hay representación de ese colectivo en la «marea» que se denuncia, ni en el gobierno, ni en la diplomacia. «Zumbao de los cojones», se despacha un escéptico, para recordar que la atribución carece de sustento.
La descalificación personal termina por sustituir al análisis. Y la referencia al «guión de 2011» —cuando la victoria en el Mundial de fútbol coincidió con el inicio de la crisis— conecta el deporte con la geopolítica en una narrativa circular de la que es difícil salir.
Lo que hay detrás: intereses tangibles
Más allá de la conspiración, el análisis apunta a elementos reales. El Sáhara Occidental, las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, la presión migratoria y el gas argelino son los ejes que explican los movimientos de España y Marruecos. Una intervención recuerda que las resoluciones de la ONU sobre el Sáhara se incumplen sistemáticamente, y otra propone promover la independencia del Sáhara y del Rif como respuesta.
La visita de Sánchez a Argelia encaja en esa lógica de intereses: asegurar suministro energético y contener a Marruecos en el Sáhara. Nada que ver con complots, pero sí con equilibrios de poder.
El riesgo de la desinformación
El problema de convertir la geopolítica en un catecismo conspirativo es que impide leer los movimientos reales. Si todo es un plan secreto, no hace falta analizar presupuestos, acuerdos internacionales ni estrategias diplomáticas. La evidencia se sustituye por la certeza del prejuicio.
En el extremo, la discusión deriva hacia la demonización de un colectivo entero. Es la parte que no debería sorprender a nadie que haya visto estos ciclos antes: cuando la tensión sube, los chivos expiatorios aparecen.
Mientras tanto, la diplomacia sigue su curso. El gobierno negocia con Argelia y Marruecos, los mercados observan el suministro energético y la OTAN vigila el flanco sur. En las tertulias, el análisis se atasca entre el 711 y la ausencia total de pruebas. La historia, dicen, se repite. Pero la geopolítica, con todos sus matices, no cabe en un eslogan.