La paradoja del bienestar: los reyes no tenían antibióticos y hoy los tiene cualquiera
Un pastor jubilado cobra hoy más en un mes que lo que ganaba en un año entero pastoreando. Esa frase, pronunciada por un anciano en un vídeo viral, resume la paradoja de nuestro tiempo: el nivel de vida material ha alcanzado cotas que ni los monarcas medievales pudieron imaginar, y sin embargo la queja es el sentimiento dominante. La pregunta no es si vivimos mejor que hace un siglo, sino por qué no lo sentimos así.
El progreso material es innegable
Los datos son tozudos. Cualquier ciudadano con un salario mínimo tiene acceso a alimentos que Carlomagno jamás probó: tomate, patatas fritas, chocolate, helado. Y no solo eso: puede escuchar a Bach en directo, estudiar matemáticas con cursos online o recorrer las calles de Nueva Zelanda desde el sofá. Felipe II, el hombre más poderoso de su tiempo, no tenía a su alcance la información que hoy ofrece un teléfono móvil de gama baja. La medicina ha convertido en rutina lo que antes era sentencia: una faringitis sin antibióticos podía matar, y una caries era un infierno en vida. Hoy, un analgésico lo soluciona.
La nostalgia como filtro selectivo
Pero la nostalgia es un filtro que borra lo malo. Quienes añoran los años 80 olvidan que no había internet, que las cabinas telefónicas eran el único medio de contacto y que el carrete de fotos había que revelarlo. Eso sí, generaban puestos de trabajo. La vivienda es otro ejemplo: se dice que antes se vivía mejor porque un bisabuelo pobre se hizo una casa de 300 metros cuadrados. Cierto, pero hoy en cualquier aldea se puede comprar una por menos de 50.000 euros. El problema no es la vivienda, es que nadie quiere trabajar en el campo porque es duro y mal pagado.
La frustración de las expectativas
La insatisfacción actual tiene más que ver con las expectativas que con la realidad. Nos vendieron un futuro que no hemos tenido: trabajo estable, vivienda asequible, ascenso social. El anciano sabía desde niño que la vida era dura y que había momentos buenos de vez en cuando. El joven de hoy compara su situación con la promesa de prosperidad infinita y se siente estafado. Y ahí está el nudo: vivimos mejor que cualquier rey del pasado, pero peor de lo que nos prometieron.
¿Por qué, teniendo más que cualquier monarca de la historia, la insatisfacción se ha convertido en el nuevo estándar? Quizá la respuesta no esté en los datos, sino en la naturaleza humana: el conformismo es un mecanismo de supervivencia que se agota cuando la comparación deja de ser con el pasado y pasa a ser con el vecino.