En casa se vive entre 6,8 °C y 25 °C: el mapa térmico de un país
En una vivienda el termómetro marcaba 11,8 grados al despertar y 6,8 tras ventilar la habitación. En otra, 25 grados con la calefacción central puesta. No es un error de medición: son temperaturas declaradas en hogares españoles durante una ola de frío, y la distancia entre ambas explica casi todo lo que se discute después sobre calefacción, aislamiento y facturas. La temperatura en casa funciona ya como un marcador social tan preciso como el código postal.
De los 8 a los 25 grados: dónde está el suelo decente
Existe un consenso difuso: el confort se sitúa entre 21 y 23 grados, con quien lo estira hasta 26 y quien lo baja a 19-20. A 16, coinciden varias voces, ya se pasa frío. El abanico real es mucho más amplio. 13 grados en bata, pijama y sábanas de franela. 11,9 con la aerotermia recién puesta en marcha. 8 grados como umbral para pulsar el botón de encendido. Y en el otro extremo, 22 con dos splits, 24,5 en manga corta con -2 grados en la calle y hasta 30-39 en climas cálidos.
La orientación de cada estancia marca diferencias: 21 grados en un salón orientado al sur y unos 15 en las habitaciones que dan al norte, dentro de la misma casa. La construcción, en cambio, casi nunca ayuda. Una ampliación levantada hace 35 años, sin los materiales actuales ni dinero para pagarlos, se queda en 11,8 grados y 86% de humedad al amanecer.
Marca España, resume alguien con retintín.
¿Cuánto cuesta calentar la casa una mañana?
Ahí está el dato que descoloca. Una vivienda con caldera de condensación de gas natural, circuito a 47 grados durante dos horas y luego a 42 durante tres más, con un deshumidificador a pleno rendimiento cambiando de estancia cada hora, sale por
en torno a un euro de gasto. Un euro por tener a una niña jugando a las cocinitas en el salón. El desglose completo de ese cálculo —horas, temperaturas de circuito, potencias y precio del kilovatio— da para una hoja entera de números.
Más discutido está el vaso de agua. Un minuto de microondas a 1.400 vatios son 0,023 kWh que, a 0,15 euros el kWh, cuestan 0,35 céntimos. La comparación con lo que cuesta calentar decenas de litros para una ducha deja a más de uno con la ceja levantada: hay quien sostiene que semejante diferencia es imposible y que las cuentas están hechas con mala idea. La respuesta es que el microondas gasta también en iluminar, girar el plato y calentar la propia taza, y que el precio por litro no es comparable entre gas y electricidad. Un tercer cálculo enciende el asunto del todo:
10 céntimos por una infusión de dos minutos en el microondas, según una tarifa eléctrica publicada. Frente a los 0,70 céntimos calculados, la discrepancia va de 15 a 30 veces, según cómo se mire.
Ropa térmica, bata y manta: la estrategia de los que no encienden
Media España parece haber convertido el
ahorro energético en disciplina deportiva. Hay quien no enciende hasta las ocho de la tarde y aguanta con dos chándales superpuestos. Hay quien se declara
fresquito y bien conservado. Hay quien sostiene que, existiendo ropa térmica, encender la calefacción antes es una tontería, y fija el umbral de arranque en 8 grados. También hay quien admite que la casa se queda en 15 porque los splits, del año de la polka, rozan la carcasa y no arrancan, y que las ñapas ya no funcionan.
El contrapunto lo pone quien vive con el aire acondicionado los 365 días del año, quien no baja de 23-24 en cuanto enciende la chimenea y quien pasa de los 25 con calefacción central. Entre ambos extremos aparece la variable que casi nadie discute: la humedad. El frío seco se tolera; el húmedo, con un 85% en el exterior, se cuela hasta los huesos. Un 86% de humedad a 11,8 grados no se siente igual que un 50% a 18.
El confort tiene dueño: los niños y la pareja
Aquí se rompe el consenso. Una casa a 12 grados se sostiene con bata, manta y buena voluntad hasta que en el salón hay un menor. Quien baja de 20 grados de forma continuada recibe siempre la misma pregunta: ¿tenéis críos? La expresión que zanja la discusión no es «ahorro», es
confort térmico, y quien ha pasado dos horas sentado a 17 grados con un niño delante sabe exactamente lo que significa. A eso se suma un factor doméstico que se menciona entre líneas: bajar de 21 con otra persona en casa es una negociación, no una decisión individual.
También aparece la brecha de las expectativas. Hay quien lee las cifras más bajas y solo ve sistemas inmunológicos de superhéroe; hay quien ve sentido común y una factura que no se dispara. Y en medio, la sospecha de que el termómetro no siempre mide lo que se cree que mide.
El gas más caro y la casa que no aísla
Un participante resume el trasfondo técnico: viviendas construidas con materiales baratos, constructores que ahorran por la vía de subcontratar, gas más caro que en buena parte del continente y una electricidad cargada de impuestos. En ese marco, la discusión sobre si 16 grados son frío o no lo son empieza a parecer un lujo de país templado. Incluso uno de los participantes admite que la solución de verdad —mejorar el aislamiento— sigue esperando presupuesto, aunque hace ocho años ya aisló parte de su casa.
Con el gas y la luz donde están, la horquilla entre encender y no encender no se va a estrechar sola. Lo probable es que el umbral de encendido suba en las casas con niños y se quede clavado en las demás, mientras la aerotermia y la bomba de calor van desplazando al gasoil y a los splits veteranos. La duda real es si el aislamiento llegará antes que la próxima ola de frío. Confiar en lo segundo es lo que ha hecho todo el mundo hasta ahora.