Rusia ya ha perdido la guerra, pero el coste lo paga Ucrania
El planteamiento circula desde los primeros meses del conflicto: si a Putin le hubieran enseñado la factura final —decenas de miles de muertos, prácticamente toda la oficialidad rusa, miles de blindados y cientos de aviones de combate y helicópteros— jamás habría entrado en ese jardín. La tesis que sostiene buena parte del análisis no es que Rusia vaya a firmar una rendición, sino que
ya no puede ganar: el saldo neto coste-beneficio es negativo y lo único que queda es alargar el sufrimiento mientras se busca un relato con el que justificar lo injustificable.
El muro que Occidente levantó y que no se desmonta
El error de cálculo más caro no fue militar. Fue creer que la invasión de Ucrania se parecería a Crimea: una operación rápida, un hecho consumado y una comunidad internacional que protesta pero sigue comprando gas. En su lugar, decenas de países —los más ricos del mundo y muchos de ellos socios comerciales relevantes de Moscú— se han alineado en un frente común que marcará el tono de las relaciones con Rusia durante décadas.
No hay vuelta atrás. Las implicaciones se miden en el largo plazo, apenas han empezado a notarse y pasarán factura al país mucho después de que el régimen actual desaparezca.
Hay un detalle que suele pasarse por alto: ni los supuestos aliados de Rusia han respaldado la operación. Fuera de un puñado de estados con escaso peso internacional, el aislamiento es casi total. Y las antiguas colonias de Asia Central han visto lo que hay detrás de la careta, lo que anticipa un distanciamiento progresivo que Moscú no va a poder revertir con propaganda.
¿Quién paga realmente la factura de la guerra?
Aquí el análisis se parte en dos. Una corriente sostiene que Rusia es la derrotada: mercado perdido, acceso cortado a fuentes de energía alternativas a las controladas por Estados Unidos y Reino Unido, y un vecino arruinado al que habrá que sostener de por vida. Otra corriente, menos cómoda, apunta a que el país devastado es Ucrania: demografía rota, territorio perdido, identidad en cuestión y una posguerra que se llenará de exmilitares desmovilizados, mafias armadas y tráficos diversos que acabarán filtrándose por las fronteras europeas.
El lastre lo vamos a mantener entre todos, vienen a decir.
Y una tercera lectura, más incómoda todavía, señala a Europa como la gran perjudicada. El argumento: el objetivo real no era Moscú, sino dinamitar la economía europea para que no haga sombra a Estados Unidos, cortando flujos de energía y materias primas baratas. Una Europa con Rusia integrada, sostienen, sería un competidor difícil de batir.
El tiro, en esa versión, salió por la culata, aunque el daño ya está hecho.
El futuro ruso: paria internacional y 30% del presupuesto en defensa
El escenario que se dibuja para Rusia en las próximas décadas no es halagüeño. Fuera de los grandes foros occidentales, con reclamaciones constantes sobre los territorios ocupados y con un gasto militar que podría absorber en torno a un tercio de la recaudación. Esa proporción es la que, según el análisis más repetido, terminó por arruinar a la URSS. El legado que dejará el actual inquilino del Kremlin a su sucesor es, como mínimo, tóxico.
En el otro platillo de la balanza, hay quien recuerda que Rusia no está sola en el mapa. Existe un mercado asiático de más de 4.000 millones de personas, con cientos de millones con capacidad de consumo comparable a la clase media del norte de Europa. El problema es que ese mercado no sustituye de un día para otro lo perdido, y que el coste energético ya se ha comido una parte significativa del PIB de países como Alemania.
¿Cuándo se enterará Rusia de que ha perdido?
La pregunta que sobrevuela todo el análisis no es si Rusia puede ganar, sino cuándo asumirá que no puede. La contraofensiva avanza con dificultad, las bajas se acumulan a diario y el frente se ha convertido en una guerra de desgaste sin horizonte claro.
El desfile de la victoria en Donetsk y Crimea es, por ahora, una escena que nadie se atreve a fechar. Y ahí es exactamente donde el análisis se atasca: en el momento en que el coste deja de ser asumible pero nadie sabe cómo bajarse del caballo.