Que te miren como si no existieses: la guerra del trato en la España que atiende
¿Ha empeorado el servicio al cliente en España porque ha cambiado quién lo presta, o porque el trato ya era malo y ahora se nota más? Hay que empezar por un dato: una mampara de baño en Leroy Merlin costaba 900 euros y tardó un mes en llegar, entre teléfonos que no respondían y una devolución que exigió ir presencialmente. El comprador acabó en una tienda de barrio, donde se la instalaron en una semana, más barata. La anécdota funciona como síntoma: los clientes españoles, sobre todo en Madrid, dicen sentirse invisibles.
El servicio barato y las redes comunitarias
La queja recurrente no es tanto la tardanza como la indiferencia. Colas en las que el turno salta sin una mirada; cajeras que te ignoran; encargados que son casi todos del mismo origen y que parecen compartir lógica propia. Se argumenta, con tono sociológico más que intolerante, que el forastero tiende a priorizar su red de compatriotas: un peruano viviendo dos años en Madrid sigue siendo peruano, y eso condiciona a quién atiende bien o mal. No es una cuestión de maldad, dicen, sino de sentido común grupal.
Otros recuerdan que el trato hostil ya existía antes. El camarero español de los 90, voceras y explotador con los clientes jóvenes, era un clásico; el que era más joven aprendía a no quejarse y, si lo hacía, a veces acababa en la calle. Incluso hay quien sostiene que el personal español fue reemplazado, en parte, por su propia poca falta de cultura.
El dilema económico: calidad o precio
Aquí aparece el fondo económico: el servicio cuesta y la calidad se paga. Quien quiere trato español va a sitios más caros; quien prioriza precio aguanta el resto. Mercadona, que apenas contrata a forasteros en sus cajas, se cita una y otra vez como isla: no es raro ver varones españoles atendiendo, y por eso genera devoción. También es la cadena que recibe ataques por esa misma política. La paradoja es que la queja se convierte en una forma de consumo: se premia al comercio que da un trato que el mercado masivo ya no da.
La sombra de la manipulación política
La conversación deriva rápido hacia la política. Aparece la advertencia de que quien se queja de inmi gración debería votar al único partido que quiere poner orden, y la respuesta de que todos los partidos son la misma guano. También acecha una teoría conspirativa de que granjas de bots amplifican el enfado, con menciones al techo digital y a los algoritmos que fabrican mayorías ficticias. En el extremo, la conversación se despeña hacia insultos y comparaciones históricas que no merece la pena reproducir. Es lo que sucede cuando un problema real de convivencia y mercado se politiza sin datos intermedios.
Una batería de soluciones de manual
Frente al mal servicio, la respuesta práctica que más circula es la del libro de reclamaciones, el encargado a voz en cuello y, sobre todo, la retirada del cliente: no volver, no pedir, no comprar. Hay quien admite que lleva 12 años sin pisar el VIPS y quien decidió, viendo las fiestas multitudinarias en Bilbao, que ya no le apetece salir. El paso de la protesta individual al boicot organizado es corto, y en el sector hostelero ya se nota: los bares de siempre tienen más clientela que los nuevos locales de moda.
No hay una conclusión cerrada: la conversación queda abierta, y lo que queda es la percepción de indiferencia como termómetro del cambio social. Al final, la ironía tiene una lectura económica: en una economía que empuja hacia la eficiencia y el precio mínimo, el trato humano se convierte en artículo de lujo, y el que se siente invisible ya lo era antes para los sistemas que no cuentan el tiempo de espera en la caja. Cuando la cajera no te mira, no es inmi gración: es el capitalismo que cambió de cara. La próxima vez que te sientas invisible en una cola, piensa si no lo eras ya para el algoritmo que decidió cuánta gente contratar.