Adornar el currículo: del «es delito» a «inventa empleos en empresas que ya cerraron»
¿Miente usted en su currículo? Si la respuesta es que no, según lo que se repite en el hilo, o es una excepción estadística o no ha buscado trabajo en serio en la última década. La consulta de partida —cómo adornar el CV para que luzca mejor— tomó pronto dos caminos. Uno literal, casi cómico: marcos de líneas, flores en la esquina, grapas de colores, incluso la idea de grapar un jamón de Josélito junto a las hojas. Otro mucho más serio, que derivó en un manual para inflar el currículo sin que salte ninguna alarma. Y en medio, la pregunta incómoda: ¿dónde acaba el maquillaje y empieza el fraude?
¿Es delito adornar el currículo?
Respuesta corta: no, siempre que no se toquen los títulos. Ahí está la frontera que recorre toda la discusión. Una corriente sostiene que inflar el CV es un delito penado con cárcel; la réplica llega rápida: si lo fuera, medio país estaría entre rejas, y lo que resulta ilegal es inventarse una titulación, no una experiencia laboral. La distinción importa porque marca hasta dónde se puede estirar la cuerda sin consecuencias penales. El maquillaje de fechas, funciones y responsabilidades queda, en la práctica, en tierra de nadie.
La táctica de las empresas que ya no existen
Si hay un truco que se repite, es citar empleos en compañías desaparecidas. Nadie va a llamar a un negocio cerrado a verificar nada. Los ejemplos se acumulan: PC City, Eroski en Andalucía —sustituida por FamilyCash—, la británica JJB-Sport o Continente, hoy convertido en Carrefour. También valen las que quebraron. La lógica es impecable: un hueco de dos o tres años en una franquicia de alta rotación, cerrada hace lustros, es casi indetectable. Y para la mayoría de puestos poco cualificados, se sostiene, nadie se molesta en investigar.
El background check que casi nunca llega
La comprobación real existe, pero es desigual. Entre pequeñas y medianas empresas se llaman para preguntar si alguien trabajó donde dice; una firma pequeña, en cambio, no va a telefonear a una compañía del IBEX, que se escudará en la protección de datos o sencillamente no contestará. Cuando el filtro aprieta, aprieta de verdad: circula el relato de un candidato que lleva un año cuadrando un background check con una aerolínea británica por una semana en blanco y un mes entre empleos de tres años atrás. Pero es la excepción, no la norma.
El escándalo de los títulos inventados
Con las titulaciones el margen se estrecha. Existe un certificado de equivalencia para acreditar estudios extranjeros, pero el problema son los títulos «presuntos» que suenan a universidad americana sin estar acreditados. Hubo un escándalo sonado que salpicó a cargos públicos, altos funcionarios y profesores universitarios. En ese capítulo se recuerda a una ministra que exhibía tres másters —Recursos Humanos, Relaciones Laborales y Urbanismo— en la web oficial de La Moncloa, contenido después retirado y recuperado en archivos digitales. Y se menciona el caso de un médico que, según el relato de un forero, habría ejercido durante décadas sin haber terminado la carrera.
Adornar el CV sin mentir: hasta dónde se estira el maquillaje
Entre el sincero y el embustero hay mucho territorio intermedio. La estrategia más repetida es dar más peso del que tienen a los cursos. Si la formación era de veinte horas, decir que fue de doscientas; si duró un año, decir dos; si el
empleo duró un mes, decir tres. También se reescriben las funciones: quien registraba facturas pasa a llevar la contabilidad. Nada del todo falso, y desde luego poco comprobable. La línea la marca la conciencia de cada uno, no la ley.
El CV a medida y las palabras clave
Otro frente es la adaptación. Mantener una plantilla y ajustar el contenido a cada oferta, usando las mismas palabras clave del anuncio porque, al parecer, es lo que llama la atención. Si buscan un panadero con dos años en panificadora industrial y valoran repostería, se pone que uno tiene tres o cuatro años y se añade el extra. La personalización no es mentira, es marketing; y en un mercado saturado, el que no la hace se queda fuera sin que nadie le explique por qué.
Cuándo la mentira cuesta dinero
El riesgo no es jurídico, es operativo. Un mecánico que dice tener un año de experiencia, entra al taller y destroza un coche genera una factura que alguien paga. Un programador que se inventa trayectoria y rompe un proyecto, igual. Ahí la mentira deja de ser un adorno y se convierte en un problema con daños cuantificables. Es el límite que separa el inflado inocuo del fraude con consecuencias, el único terreno donde merece la pena pensárselo dos veces.
El otro currículo: cuando el papel no basta
El tramo final devuelve el asunto a la realidad con un caso concreto. Una persona de 36 años, en un pueblo de Sevilla, busca trabajo como vigilante de seguridad. Aquí los trucos sirven de poco: lo que cuenta es la planta física. El consejo que se repite es consignar altura y complexión, entregar el CV en mano para que los responsables de recursos humanos vean al candidato y llamar a todas las empresas del sector de la provincia. El curso son 180 horas en seis semanas, en torno a 400 euros, más la tasa de examen y la placa, entre 25 y 30 euros.
Al final, el currículo que se infla casi nunca llega a comprobarse, y el que se entrega en mano se decide mirando al candidato de arriba abajo. Toda esta industria del adorno documental, para acabar dependiendo de una cinta métrica.