Santander pierde los 3 euros y el mercado discute dónde está el suelo
El Banco Santander
perdió los 3 euros. La acción abrió en 2,72, rebotó hasta 2,80 y acabó la jornada en
2,04, con su cotización en Estados Unidos desplomándose un
18,97% al cierre. Los futuros del Ibex apuntaban a 7.800 puntos mientras se sucedían los anuncios de cierre de escuelas y centros de ocio, y el sector financiero europeo se convertía en el epicentro del castigo. La pregunta que divide a quien sigue el valor ya no es si caerá más. Es dónde está el suelo. Y las respuestas van de un soporte firme en 2,88 euros a un escenario de 1,85 sin pestañear.
¿Por qué el Santander cayó por debajo de los 3 euros?
Porque la rotura no fue un deslizamiento gradual, sino un desplome en toda regla:
cerca de un 10% en una sola sesión y 80 céntimos perdidos en muy pocos días. Esa velocidad es, justamente, lo que descoloca. Un movimiento que en condiciones normales exigiría meses se consumió en
un tris, y algunos análisis sostienen que, por el mismo motivo, podría recuperarse igual de rápido con una sola noticia sobre la evolución de la crisis sanitaria.
El contagio fue sectorial y global.
ING se dejó un 20% de golpe el mismo día, y el banco arrastró una caída adicional del 18,97% en el cierre del mercado estadounidense. Ahí está la trampa de intentar cronometrar la entrada: hay quien ve el 2,7 como un regalo y hay quien avisa de que
el cuchillo sigue cayendo a plomo y que lo prudente es esperar fuera, con el dinero quieto, hasta que el mercado deje de buscar culpables cada mañana.
Los soportes en disputa: 2,88 euros, 2,6 y el abismo de los 2
El primer nivel que se maneja es el
2,88, descrito como soporte muy fuerte y frontera que llevaría tiempo sin perforarse. Por debajo, otro análisis sitúa la referencia relevante en el entorno del
2,6, el mínimo alcanzado durante el Brexit una vez descontados los dividendos. Y más abajo, el 2,5 aparece como la estación donde la caída dejaría de ser una corrección para convertirse en otra cosa.
Nadie se pone de acuerdo, y eso es lo interesante. Una parte del análisis ve un
rango lateral de años entre los 3 y los 4 euros, con la acción atrapada hasta que los tipos de interés cambien de ciclo. Otra directamente descarta el suelo: sostiene que los 3 euros se romperán con fuerza, que por debajo el siguiente objetivo son los 2 y que incluso a 2,5 no entraría. La horquilla entre el escenario más suave y el más duro ronda un euro por acción.
Ana Botín compra un millón de acciones a 3,32 euros
La presidenta del banco adquirió
un millón más de títulos a un precio medio de 3,32 euros. Con la acción en 2,04, la compra acumula ya una pérdida notable en el papel. La lectura que se hace de ese movimiento va en dos direcciones opuestas: unos lo ven como una señal de confianza en la propia entidad, y otros como un gesto
de cara a la galería, con el argumento de que ese millón representa para ella lo que 50 euros para un ahorrador medio.
El paralelismo que más se repite es incómodo. Recuerda a la escena final de
«La Gran Apuesta», cuando un banquero anuncia que ha comprado acciones de Lehman Brothers y que piensa seguir comprando justo antes del colapso. La comparación puede ser injusta, pero explica por qué buena parte del mercado trata las compras de directivos como propaganda y no como análisis.
El dividendo del 7% y el pago en acciones
Con el precio hundido, la rentabilidad por dividendo
supera el 7%, una cifra que muchos consideran el principal argumento para aguantar o entrar. El problema es si esa retribución es sostenible. Quien desconfía recuerda que el banco ya paga con programas en acciones y avisa de que mantener el dividendo a estos niveles sería un ejercicio de ilusionismo contable.
Ahí se cruzan dos cosas que no siempre van juntas: la solvencia del negocio y la política de retribución al accionista. Un dividendo alto sobre un precio caído puede ser una oportunidad o una trampa, y la diferencia se decide en la cuenta de resultados, no en el gráfico. Mientras, las oficinas siguen cerrándose, los depósitos no rentan y la entidad carga con comisiones que el cliente percibe como un peaje permanente.
Bitcoin, sucursales y el fantasma del cambio de modelo
Hay una corriente que va más allá del precio y cuestiona el modelo entero: la
banca tradicional con red de sucursales, según este argumento, no tiene sentido cuando la clientela envejece, los tipos están en terreno negativo y la competencia digital no necesita ladrillos. En ese escenario, ni el Santander ni ningún otro banco grande serían una apuesta de valor, sino una posición a evitar.
La alternativa que se propone en algunos mensajes es el
bitcoin, aunque tampoco hay unanimidad. Frente al argumento de que las criptomonedas son el refugio del futuro, aparece el rechazo frontal de quien prefiere prestar su dinero a cualquier cosa antes que comprar monedas digitales. El desacuerdo no es sobre el precio de entrada: es sobre si el sistema financiero tal y como lo conocemos sigue teniendo sentido.
Y en mitad de todo eso, una reflexión que rebaja el dramatismo: si el Santander quebrara de verdad, el valor de las acciones sería el último de los problemas de cualquiera.
El análisis se atasca en el mismo punto en el que empezó. Con la acción por debajo de 3 euros, el 7% de dividendo sobre la mesa y una crisis sanitaria cuyo alcance nadie se atreve a fechar, cada nivel de soporte tiene su defensor y su enterrador. Lo único en lo que coinciden todos: el precio que veamos en dos semanas depende de algo que no sale en ningún balance.