Felipe VI aguanta la protesta en Paiporta y el reproche de inacción
Los críticos sostienen que Felipe VI no dio una sola orden militar por su cuenta y que no movilizó ni un soldado por decisión propia, pese a ser el mando supremo de las Fuerzas Armadas. Y aun así volvió de Paiporta con dos etiquetas opuestas al cuello: la de quien aguantó el tipo ante los vecinos que le increpaban y la de quien se dejó llevar. La visita de los Reyes a las zonas arrasadas por la riada de Valencia, entre gritos e insultos, dejó al aire una pregunta incómoda: para qué sirve la Corona cuando el agua ya ha hecho el daño.
Qué ocurrió durante la visita real a las zonas inundadas
Los Reyes se desplazaron a los municipios valencianos golpeados por la riada. A su llegada les esperaban vecinos cargados de rabia: gritos contra el monarca y contra el presidente del Gobierno, reproches porque la comitiva, según los allí presentes, impedía el paso de camiones de limpieza. En un vídeo difundido en redes sociales, el Rey
habría respondido con chulería a quienes le increpaban que, si querían, no venía y se quedaba en Madrid. Mientras se echaba en falta la presencia del jefe del Ejecutivo junto a la comitiva real en el momento más tenso, la pregunta planeó sobre toda la jornada: ¿dónde estaba el presidente cuando la cosa se puso fea? El vídeo generó discusión.
¿Aguantó el tipo o hizo de subordinado? Las dos lecturas
De aquella visita salieron dos relatos incompatibles. Para unos, el Rey
aguantó varios minutos más que cualquier político y demostró algo parecido al coraje: se quedó y no huyó. Para otros, fue la prueba definitiva de su condición de subordinado del Gobierno: un jefe del Estado que acude de la mano del Ejecutivo y que no marca distancias ni eleva la voz contra la gestión.
La misma imagen servía para encumbrarlo o para hundirlo. Hay quien sostiene que el problema no es lo que hizo en Paiporta, sino que se dejara acompañar; y quien responde que el gesto de plantarse en el barro, con la que estaba cayendo, ya lo firmarían otros. El reproche que más se repite no es la cobardía, sino la falta de maneras propias: aparecer como comparsa teniendo la potestad para no serlo.
El mando supremo de las Fuerzas Armadas que no se ejerció
El argumento más repetido contra el monarca apunta a la letra de la Constitución. El
artículo 62.h le atribuye el mando supremo de las Fuerzas Armadas. Sobre ese papel se construyó la crítica central: que no movilizó por iniciativa propia ni una unidad militar cuando la situación lo exigía, que se limitó a esperar instrucciones mientras se denunciaba la dejación de los responsables.
Frente a eso, la defensa más firme sostiene que quiso ir el primer día y no se lo permitieron, y que fue precisamente su empuje el que acabó desbloqueando la llegada de la maquinaria estatal. Quien no puede decidir por sí mismo, concluyen los primeros, no es un jefe del Estado: es un florero. Bajo la superficie corre además la comparación con su padre, al que se atribuye haber plantado cara a presidentes de todo signo. El listón que se le pone es, en realidad, otro Rey.
¿Por qué vuelve el debate sobre la monarquía?
La polémica de la visita reabrió la discusión de fondo sobre la forma del Estado. Una corriente sostiene que el fundamento de la unidad de una nación está en el pueblo y no en un rey, que la monarquía es símbolo de servidumbre y de un país que no termina de autogobernarse, y recuerda que los vecinos culturales del sur de Europa —Francia, Italia, Portugal— son repúblicas. Enfrente, otra lectura ve en la Corona el único punto de encuentro que impide que cada administración vaya por su lado y avisa de que desmontarla dejaría el terreno libre a cualquier experimento.
La discusión se adereza con una lista de agravios históricos que los críticos recitan de memoria:
- Felipe V: pérdida de Países Bajos, Milán, Menorca, Gibraltar, Nápoles, Sicilia, Luxemburgo y el Franco Condado
- Alfonso XIII: pérdida de Cuba, Filipinas, Puerto Rico, Guam, Palaos, islas Marianas y Carolinas
- Juan Carlos I: pérdida del Sáhara Occidental
Y aún hay quien añade el asunto catalán a la cuenta del monarca actual. Para una parte del país, la institución no representa nada; para otra, es lo último que sostiene el armazón.
Que la Corona sobreviva a este desgaste dependerá menos de la imagen del Rey en el barro que de su capacidad para no volver a aparecer como acompañante de nadie. Ese es el escenario optimista. El pesimista, igual de razonable, sostiene que la etiqueta ya está pegada y que ningún gesto, por valiente que sea, la despegará en los próximos años.