La influencer RoRo, señalada por una 'funa' que ya nadie controla
RoRo llevaba tiempo vendiendo algo más que un cuerpo fibrado: un estilo de vida supuestamente espontáneo, cercano a la gente, alejado del postureo mainstream. La oleada de críticas que ha estallado en las últimas horas pone en entredicho exactamente eso. Se la acusa de haber interpretado hasta el último gesto. De los mensajes más duros se desprende una conclusión incómoda: su propia base de seguidores, la misma que la encumbró, se ha vuelto contra ella.
El primer golpe apunta a la coherencia. Una parte de los comentarios sostiene que RoRo ha vivido del relato «alternativo» únicamente mientras le resultó rentable. La analogía que circula es tan simple como demoledora: sabíamos que Sean Connery no era espía y aún así disfrutábamos de sus películas. ¿Por qué iba a ser distinto con una influencer? La diferencia, dicen, es que ella no reconocía el disfraz.
El segundo frente es corporal. Se reprocha a RoRo haber ocultado el trabajo de gimnasio detrás de un mensaje de «estilo de vida». Que el ejercicio físico transforme el cuerpo no es un misterio, pero presentarlo como autenticidad cuando respondía a un plan de entrenamiento es, para sus críticos, exactamente el postureo que decía combatir.
No hay veredicto firme. La funa ha prendido con una rapidez que ni los implicados esperaban, y la defensa habitual del «todos lo hacéis» ya no calma a nadie. Lo que queda es la duda: si una influencer cae por hacer visible lo invisible, ¿qué queda para las que no se han quitado aún la máscara?