Europa afronta el invierno sin gas ruso y sin plan B
Europa lleva meses repitiendo que aguantará el invierno sin el gas ruso. En el debate que sigue a estas líneas se sostiene lo que varios gobiernos calculan en privado: que más vale prepararse. El aviso llega con un país que debía ejercer de salvador —Italia, receptora del gas que viene de Argelia— dependiendo, según uno de los participantes, en un
40% del gas ruso y en pánico. Y con Rusia y Ucrania discutiendo por un gasoducto que ya no bombea lo que bombeaba.
¿Por qué se estrecha el margen de maniobra?
Porque el margen de maniobra se ha ido estrechando por partes, sin un golpe definitivo. Ucrania dejó de mantener los flujos del gasoducto que la atraviesa y el tránsito entró en declive desde mayo; la estación de Sokhranivka quedó fuera de servicio en medio de los combates y el operador ucraniano admite que no sabe qué pasa allí. Rusia, entretanto, no reserva nuevos slots para subasta en esa ruta.
Traducción: entra menos gas y quedan menos rutas alternativas de las que presume Bruselas. Rusia repite que tiene otros gasoductos disponibles. Es cierto. También es cierto que los que quedan no compensan lo cerrado, y que cada punto de suministro que se cae lo hace en el peor tramo del calendario.
El gas pesa en la electricidad más de lo que sugiere el discurso
Aquí conviene mirar el dato que suele esquivarse. La generación eléctrica a partir de gas no es un residuo del sistema: ronda el
20%, venía del 17% en 2021 y en momentos puntuales llega a cubrir la mitad de la demanda. Con picos del
50%, no hay política energética que se sostenga sin ese combustible.
De ahí que el gas no sea solo la caldera de casa. El transporte ferroviario va por electricidad; el uranio enriquecido, el carbón y el petróleo también llegan en buena parte de Rusia. Cada eslabón depende del anterior. Cuando falla el primero, no falla una factura: falla la cadena entera.
El Nord Stream 1 y la turbina que las sanciones bloquean
Alemania mira al Báltico con aprensión. El Nord Stream 1 quedará inoperativo once días,
del 11 al 21 de julio, para reparaciones rutinarias según la operadora, y Berlín teme que la revisión derive en un bloqueo permanente. La explicación técnica oficial y la sospecha política conviven sin resolverse.
Hay quien sostiene que Rusia ha seguido bombeando todo lo que le han pedido y que la caída del flujo responde a que falta una turbina que no se puede enviar a Rusia por las propias sanciones europeas. Enfrente pesa el argumento contrario: que Moscú usa el gas como palanca y que el calendario de las reparaciones no es casual. Ninguna de las dos lecturas está cerrada, y quien afirme lo contrario vende una certeza que nadie tiene.
Italia, el salvador que depende un 40% de Rusia
El plan de emergencia tenía nombre: Italia sería la puerta de entrada del gas argelino y el resto respiraría. El problema es que, según se afirma en el debate, el propio receptor depende en un
40% del gas ruso y afronta el invierno con el mismo pánico que sus vecinos. Un intermediario al borde del precipicio no rescata a nadie.
Mientras, los barcos de gas licuado estadounidenses cruzan el Atlántico. Es la alternativa real a corto plazo y también la más cara: el gas que llega por mar se paga a precios que no tienen nada que ver con los que Europa daba por normales. Como resume uno de los participantes, en el fondo del conflicto hay poco de épica y mucho de control económico.
Volver al carbón: las térmicas que ya no existen
Si el gas falla, la red tiene un plan B sobre el papel: quemar carbón. Hay carbón para muchos años y de buena calidad, coinciden quienes siguen el sector. El detalle incómodo es que las centrales térmicas ya no están: se demolieron y las minas se cerraron o se convirtieron en lagos.
La ironía la resume cualquiera que haya mirado el mapa: el carbón también viene de Rusia. Y el uranio necesario para la nuclear, igual. La vuelta atrás que se promete no existe como botón que se pulsa; existe como obra de años que nadie empezó.
El invierno que viene
A pie de calle, el encarecimiento ya tiene factura. Uno de los participantes cuenta que llenar el depósito se le fue a cerca de
100 euros en una sola visita, y otro que paga por dos meses de invierno
300 euros cuando antes no pasaba de 200. La calefacción, el supermercado y el transporte suben a la vez, antes de que llegue el frío.
La soga, como resume uno de los participantes, se la puso Europa sola: nadie obligó a concentrar la producción industrial en Asia ni a cerrar centrales antes de tener sustituto. Las sanciones y los precios se han convertido en la misma cosa. ¿Qué pasa si en enero el gas no llega y no queda ni turbina que reclamar?