Rafael Rosselló y el pulso entre mirar a América o darle la espalda
¿Merece la pena que España siga mirando a América o es hora de darle la espalda? La pregunta recorre buena parte de la derecha española y tiene un nombre propio en el centro de la polémica:
Rafael Rosselló. El asunto se enconó cuando empezó a atribuírsele haber situado Ceuta y Melilla en el lado marroquí del mapa y Gibraltar en el británico. A partir de ahí la discusión creció hasta algo mayor: si el hispanismo suma o resta a los intereses del país.
El término se ha vuelto un campo minado. Hay quien defiende el vínculo con Hispanoamérica como palanca cultural y económica; hay quien lo ve como la puerta abierta a una «sudamericanización» de España. Esta segunda corriente sostiene que el
hispanchismo —así lo escriben, para diferenciarlo del hispanismo clásico— actúa como caballo de Troya y lo equipara, sin aportar pruebas, a las tesis que atribuyen a Soros. No es un matiz menor: cuando la palabra se carga, el asunto deja de ir de América y pasa a ir de quién decide qué es ser español.
¿Qué se le reprocha a Rafael Rosselló?
Se le critica por haber situado Ceuta y Melilla en el lado marroquí y Gibraltar en el británico. Ese reproche, repetido en redes sociales, es la chispa que encendió el resto. La paradoja aparece pronto: quien reclama firmeza frente a Marruecos acaba discutiendo si España debería, además, girar la vista hacia un continente que para una parte de su propia base resulta ajeno. Bajo esa tensión late una disputa más antigua, la de qué pesa más, la herencia europea o el pasado imperial.
Conviene separar dos cosas. Una es la posición concreta sobre las ciudades autónomas y el Peñón. Otra, muy distinta, es el encaje de Hispanoamérica en el relato nacional. El deslizamiento de la primera a la segunda es lo que ha convertido una polémica territorial en un pleito sobre la identidad misma de España.
¿Cuánto cuestan las aventuras empresariales españolas en América?
El flanco económico aparece con fuerza. Una parte sostiene que las grandes compañías expandidas por Latinoamérica han costado dinero a consumidores y accionistas, y tilda de ignorantes a quienes defiendan lo contrario. El argumento opuesto no se queda corto: se recuerda que las mayores fortunas que algunos han conocido y algunas de las mejores empresas tienen origen hispano, y que atribuir pobreza a todo un continente confunde la excepción con la regla.
Falta un dato que zanje la disputa. Quienes piden dar la espalda a América insisten en que al otro lado queda poca sangre española y poca cultura española, y en que quienes llegan lo hacen porque en Estados Unidos no se les trata bien. La respuesta es que ese diagnóstico describe a las élites, no a la mayoría trabajadora. El desencuentro no se arregla con hojas de cálculo: se arregla con una idea previa de para qué sirve el país.
Hay, de fondo, un cálculo que se lanza sin desglosar: la factura que esas inversiones habrían dejado en el consumidor español. El detalle completo, partida a partida, es justo donde se pelean las interpretaciones. Sin él, cada bando se queda con la mitad que le conviene.
¿Por qué se mezcla la religión con el origen de España?
Debajo del ruido late una tesis que se repite: que el cristianismo habría desarraigado a Europa de sus mitos propios y que la igualdad racial nace de esa raíz. Es una lectura que algunos llevan hasta la Revolución Francesa, presentada como versión secularizada de lo mismo. Otros reivindican, en cambio, la tradición católica como columna del imperio. Dos relatos frente a frente, sin término medio.
El resultado es un lío de genealogías. Unos culpan al cristianismo de haber borrado lo propio; otros lo consideran precisamente lo propio. En medio, el hispanismo clásico queda atrapado: no puede ser a la vez heredero del imperio católico y ajeno a la religión que lo sostuvo.
Guinea Ecuatorial y el uso político de la memoria
Aparece el contrapunto histórico. Se recuerda que Guinea Ecuatorial celebró elecciones generales en 1968 en plena dictadura, un detalle lanzado como munición contra la imagen monolítica del franquismo. Se cita también a un presidente francés, Miterrand, con aquello de que si Francia hablara español todo el mundo hablaría español: la prueba, dicen, de que otros sí saben explotar lo que España desprecia.
Y una cifra que se repite: doscientos años de vida independiente en América sin haber alcanzado el desarrollo que se esperaba. Para unos es la constatación de que esos países nunca llegarán; para otros, la prueba de que el problema nunca fue la tierra, sino quién la administró.
Un pleito que no cierra
El choque se agria cuando entra el terreno racial, con planteamientos que una parte del propio público califica de deleznables y que otras intervenciones rebajan a simple exageración. Ahí es donde el asunto deja de ser política exterior y se convierte en otra cosa, bastante menos presentable.
El tiempo no ha ayudado a cerrarlo. Si algo demuestra el recorrido del pleito es que España sigue sin decidir si mira al Atlántico o al Mediterráneo, y que cada intento de respuesta abre una herida nueva. Lo que sobra o lo que falta, por lo visto, es siempre América.