El miedo al eclipse divide a la comunidad espiritual
El último eclipse no solo oscureció el cielo: partió en dos al mundo de la espiritualidad. Una corriente llamaba a no mirarlo por su supuesta «baja vibración»; otra lo defendía como un espectáculo natural ante el que el miedo es la respuesta equivocada.
La advertencia se extendió como un reguero por internet: a quedarse en casa, a no verlo, porque sería un «portal del bajo astral». La ironía es que muchos de los que propagaron ese temor acabaron arrepintiéndose de no haberlo presenciado.
La paradoja de los «despiertos» que se escondieron
Lo tiene todo de esperpento. Los que se llaman «despiertos» se resguardaron como topos mientras los supuestos «borregos» salían a la calle con sus gafas homologadas a mirar el misterio. Algunos lo leen como una operación psicológica para dividir a la disidencia: si las autoridades hubieran dicho «no salgáis», otro gallo habría cantado.
El manual del conspiranoico ordena hacer lo contrario de lo que manda el gobierno. Esta vez, la masa tuvo más valor ante lo desconocido que los que presumen de ver lo oculto. Uno de los que se atrevió, desde una finca en Zamora, describió unos segundos alucinantes.
El miedo como herramienta de control
La cuestión no es si el eclipse era peligroso. Es por qué el miedo cundió en un colectivo que presume de pensar por sí mismo. La desinformación también sabe disfrazarse de espiritualidad.
Se acabó el fenómeno, pero el análisis se queda a medias: no hay consenso sobre quién sembró el temor ni con qué propósito. Solo queda la certeza de que el eclipse se convirtió en un espejo incómodo para los que dicen ver más allá.