La frase de Alba Carrillo sobre los menas y la factura de la empatía
“En cada uno de esos chicos veo a mi propio hijo”. La frase, atribuida a Alba Carrillo a propósito de los menores extranjeros no acompañados, ha encendido una disputa pública que va mucho más allá de la emoción. La paradoja es inmediata: quien más fuerte proclama esa identificación es la misma que, según el registro de la crítica, no ha acogido a ninguno de esos menores en su casa. La cuestión de fondo no es si hay que ayudar, sino con qué dinero, quién lo reparte y quién cobra por contarlo.
La solidaridad también tiene un presupuesto
La primera corriente que recorre la controversia es la del coste. Cada plaza en un centro de acogida, cada programa de inserción laboral y cada dispositivo de tutela se paga con fondos públicos. Lo que escuece no es la compasión, sino la sospecha de que parte del discurso sobre los menores se ha convertido en un sector económico: subvenciones, contratos administrativos y cuotas de pantalla que rentabilizan la causa.
En ese esquema, la declaración de una cara conocida de la televisión funciona como aval. La expresión “en cada uno de esos chicos veo a mi propio hijo” es difícil de rebatir sin parecer insensible. Pero la pregunta incómoda aparece cuando se contrasta la emoción con los hechos: cuántos de esos chicos han dormido bajo su techo, cuántos proyectos de acogida ha financiado, cuánto ha cobrado por pronunciar esas palabras.
Del anuncio al reparto de lo público
Otra lectura apunta directamente a la deriva del negocio mediático-solidario. Voces críticas sostienen que el activismo de salón se ha convertido en una vía para colocar currículums, proyectos o cargos vinculados a la gestión migratoria. El corazón se muestra delante de las cámaras; el presupuesto, en cambio, se detalla mal y se audita peor.
En el lado opuesto están quienes denuncian una doble vara de medir: la misma facilidad para emocionarse con quienes llegan no se aplica a otros colectivos vulnerables que esperan recursos. La empatía se prescribe de manera selectiva, y esa selección acaba teniendo un precio en los presupuestos de todos.
Síntoma de una conversación bloqueada
La polémica refleja una conversación pública atascada. Un bando dibuja a los menores como víctimas puras y a los críticos como insensibles; el otro responde con descalificaciones que no aportan ni una cifra ni un dato. Entre medias queda el problema real: qué modelo de acogida se quiere, cuánto cuesta y quién está dispuesto a pagar la factura.
Mientras tanto, los protagonistas mediáticos siguen recogiendo premios y contratos por enunciar la frase correcta en el momento correcto. Nadie parece tener prisa por abrir los libros de cuentas.
Con esta burocracia de la solidaridad, el siguiente capítulo no lo escriben los menores: lo escriben las audiencias y la factura que llega a final de mes.