Sumy: el frente que Kiev no puede taponar
El verano de 2025 ha dejado un frente nuevo en el norte de Ucrania. Las tropas rusas avanzan en la región de Sumy, según el seguimiento que se hace del conflicto, y lo hacen sin encontrar la resistencia que sí apareció en otros sectores. La clave, señalan las lecturas más repetidas, es que Ucrania ya no tiene carne con la que taponar: las reservas se agotaron en Kursk y en el Donbás, y cada nueva brecha obliga a mover unidades de donde ya no sobran.
El avance se mide en kilómetros, no en ciudades
La discusión sobre la profundidad del avance es lo primero que salta. Unos hablan de un bocado de diez kilómetros; otros corrigen que esos diez son de ancho y que en profundidad serán cinco. La discrepancia no es menor: marca la diferencia entre una incursión de castigo y una operación con objetivos territoriales. Lo que sí parece fuera de duda es que
Yablonovka, una posición que sirvió de base de retaguardia durante la incursión ucraniana en Kursk, ha quedado asegurada por las fuerzas rusas.
El dato que más se repite para medir la magnitud: Rusia controla ya
112.339 kilómetros cuadrados, una superficie superior a la de Bulgaria o Grecia. La comparación sirve para lo que sirve, pero da una idea del volumen acumulado tras tres años de guerra.
¿Por qué Sumy y no otra región?
La respuesta oficial rusa, tal como se recoge en el seguimiento del conflicto, es la creación de una franja de seguridad que impida una nueva incursión como la de Kursk. La ofensiva en Sumy sería, en esa lectura, una respuesta directa al ataque ucraniano del verano anterior. Hay quien va más allá y sostiene que la región acabará incorporada, aunque eso es especulación: nadie ha puesto sobre la mesa un plan formal de anexión.
Lo que sí apuntan varios análisis es la paradoja de la defensa.
No se pueden construir fortificaciones si estás en retirada, y eso convierte cada repliegue en una pérdida de posiciones que ya no se recuperan. Sumy, además, es una región con población mayoritariamente contraria a Moscú, a diferencia del Donbás, lo que complica cualquier escenario de control estable.
Kursk, la apuesta que salió cara
La incursión ucraniana en Kursk se presentó como una jugada para desviar fuerzas rusas y ganar cartas de negociación. El balance que se maneja en los análisis del conflicto es de
70.000 bajas ucranianas y un frente nuevo abierto en Sumy y Járkov. La operación, sostienen las lecturas más críticas, no solo no desvió tropas rusas en la medida esperada, sino que convirtió en zona activa un sector que hasta entonces estaba relativamente tranquilo.
El paralelismo que se hace con la Segunda Guerra Mundial —mirar mapas mientras se pide más material— es recurrente, aunque simplificador. Lo cierto es que la presión rusa no se limita a Sumy: también hay movimiento cerca de la frontera de Dnipropetrovsk.
El frente diplomático, en segundo plano
Mientras el mapa se mueve, la discusión política sigue en otro plano. La OTAN ha reiterado que Ucrania entrará en la alianza, una promesa que se repite desde hace años y que no ha cambiado el curso de la guerra. Hay quien ve en esa retórica una forma de mantener el apoyo sin comprometerse a intervenir; otros, una señal de que el conflicto se prolongará independientemente de quién ocupe la Casa Blanca.
La dependencia de Ucrania de sus socios occidentales es total en términos de armamento y financiación. Eso convierte cada decisión militar en una decisión política, y cada avance ruso en una presión adicional sobre unas capitales europeas que ya empiezan a mirar el calendario electoral.
Lo que el mapa no dice
El avance en Sumy no es una blitzkrieg. Es lento, costoso y se apoya en superioridad artillera y de drones. La pregunta que queda sin respuesta es cuánto territorio está dispuesto a ceder Kiev antes de sentarse a negociar, y cuánto está dispuesto a gastar Moscú antes de aceptar un alto el fuego. Con las cifras sobre la mesa, ninguna de las dos partes tiene incentivos claros para parar.