Dejar la leche: menos mocos, mejores digestiones y el mito del calcio
Un alimento que se vende como imprescindible para los huesos y que buena parte de quienes lo abandonan dicen que les despeja la nariz. Esa es la paradoja que recorre una conversación sobre consumo y salud que ya ocupa
ocho páginas. La pregunta de partida era sencilla: ¿alguien ha dejado la leche y los lácteos y ha notado que mejora? Entre quienes cuentan su caso, la respuesta mayoritaria es que sí. Y el síntoma que más se repite no tiene nada que ver con el calcio: es la nariz.
Los mocos y la nariz: el síntoma que más se repite
Quien más detalle aporta describe un experimento de un mes sin leche. Al levantarse, la nariz completamente despejada,
aire prístino e inmaculado por las dos fosas. Antes, con leche, taponada. Otro caso cuenta años de toses, mucosidad en el paladar y despertares a las dos de la madrugada sin poder respirar; solo al retirar la leche
y todos los derivados notó la mejoría. Una tercera persona relata crisis de asma desde niña, sinusitis y bronquitis recurrentes, reducidas al mínimo tras abandonar los lácteos.
No es una muestra representativa ni un ensayo clínico. Son testimonios. Pero coinciden demasiado: digestiones más ligeras, menos granos, piel más tersa y menos ojeras aparecen una y otra vez. Hay quien cifra la mejoría en kilos:
tres en la primera semana. Y hay quien va más allá y afirma que se le ha ido la alergia primaveral, de dos meses al año a un máximo de tres días.
¿Por qué la leche da más mocos?
La explicación que circula mezcla intuición y fisiología. Se argumenta que la leche es un alimento diseñado para la cría de un animal con cuatro estómagos capaces de digerir celulosa, y que tiene tan poco sentido para un adulto humano como echar gasolina a un motor diésel. También se apunta a la
caseína, la proteína que algunos comparan con cola de carpintero adherida al intestino, aunque sin nada que lo sostenga.
Un matiz que suele pasarse por alto: la leche desnatada, por su mayor concentración de proteínas y lactosa, puede ser peor tolerada que la entera. Lo que contradice la intuición de que quitar la grasa siempre ayuda.
La paradoja del calcio: más leche, más osteoporosis
Aquí la cosa se pone seria. Se sostiene que los países con mayor consumo de leche son también los que registran más osteoporosis, y se pone el ejemplo de Estados Unidos, primer consumidor mundial. El caso opuesto que se cita es Japón, donde apenas se bebe leche y, según se afirma, la osteoporosis sería casi inexistente. Conviene tratarlo
con pinzas: son correlaciones, no causas probadas.
El mecanismo que se propone es químico. El calcio de la leche se recombinaría con el fósforo en el tracto intestinal y no se absorbería. La remodelación ósea, replican otros, es un proceso mucho más complejo que beber o no un vaso diario: el hueso es un órgano vivo y la osteoporosis depende de múltiples factores, no de un único alimento.
¿De dónde saco el calcio si dejo la leche?
La respuesta es que la leche no es el único ni el mejor vehículo. Frente a los
302 miligramos de calcio de un vaso de leche desnatada, un yogur natural aporta 415, las sardinas en aceite con espinas 324 y el queso cheddar 306. Es decir: la leche ni siquiera encabeza su propia tabla.
Se citan además almendras, avellanas, yema de huevo, col y verduras de hoja verde oscura. Con una advertencia: las espinacas y los garbanzos, ricos en calcio, contienen oxalatos que dificultan su absorción.
Vitamina D: el sol que falta en los países nórdicos
Hay un factor que descoloca todo el planteamiento: sin
vitamina D no se absorbe el calcio, se beba leche o no. Y la principal fuente de vitamina D no es un alimento, es el sol. En latitudes nórdicas, con poca luz, se han llegado a impulsar campañas para enriquecer la leche precisamente por eso. En países más cálidos, la incidencia de osteoporosis es menor.
El propio relato de uno de los casos apunta ahí: tras dejar la leche nota que se pone más moreno, como si algo interfiriera con la síntesis de vitamina D, y compensa con frutos secos, verduras de hoja verde y ejercicio.
Intolerancia a la lactosa: hay grados y no todos son iguales
La intolerancia no es un interruptor. Hay quien tolera pequeñas cantidades y quien reacciona a cualquier traza, incluso a la lactosa como excipiente de un medicamento. La leche es el lácteo con más lactosa; el yogur, por fermentación, tiene menos, y el queso curado, menos todavía. La celiaquía suele venir acompañada de intolerancia a la lactosa.
¿Cuánta gente es intolerante? En Italia, se afirma,
la mitad de la población. El dato de España, según se admite, sencillamente no se sabe.
¿Y el cáncer? Sin respuesta
La pregunta sobre la relación entre lácteos y cáncer queda flotando sin que nadie la resuelva con datos. Se habla de inflamación, de hinchazón y de que lo que se vende en el supermercado ya no es leche tras los procesos industriales. Son afirmaciones que se lanzan pero que nadie demuestra.
Con todo esto sobre la mesa, la conclusión más honesta es incómoda: hay quien deja la leche y respira mejor, y hay quien lleva toda la vida tomándola sin problema. ¿Cuántos de los que se levantan con la nariz taponada lo achacan al catarro y no a lo que desayunan?