Contar las letras de un número acaba en el 5 o en el bucle 4-6
«De lo más curioso… ¿o tiene alguna explicación?». Con esa frase, sin más desarrollo, arrancó una conversación. El objeto de la intriga es verificable: se escribe un número con letras, se cuentan cuántas letras tiene y se repite la operación con el resultado. En los casos probados, da igual el punto de partida. En castellano,
CINCO tiene cinco letras, así que el proceso se muerde la cola y no sale de ahí. En inglés, el número que se encierra en sí mismo es
FOUR, con cuatro letras.
¿Por qué el cinco se convierte en un bucle infinito?
Según se apunta en el hilo, el cinco es el único numeral castellano entre el uno y el diez en el que coinciden el número de letras y el propio número: uno, dos, tres, cuatro, seis, siete, ocho, nueve y diez no cumplen la regla. Eso convierte al cinco en una trampa perfecta para el algoritmo. La jugada funciona igual con cifras enormes, porque cada paso encoge la escritura: SIETE MILLONES NOVECIENTOS TREINTA MIL se escribe con
34 letras; TREINTA Y CUATRO, con 14; CATORCE, con 7; SIETE, con 5; y CINCO, otra vez con 5.
El otro final posible: atrapado entre el cuatro y el seis
No todas las secuencias mueren en el cinco. Hay un segundo desenlace, una órbita de dos estaciones, y aparece con números igual de largos: ONCE MIL MILLONES CUATROCIENTOS TREINTA Y DOS MIL SEISCIENTOS CATORCE suma
59 letras; CINCUENTA Y NUEVE, 15; QUINCE, 6; SEIS, 4; CUATRO, 6. Y de ahí no se mueve. Dos finales y solo dos, al menos en el rango que se ha probado.
La objeción: no hay misterio, solo nomenclatura
Aquí es donde el asombro se deshincha. Hay quien sostiene que el fenómeno no tiene nada de mágico y que la trampa está en cómo llamamos a las cosas. Si al 10 le hubiésemos puesto
DECIMUS, el resultado cambiaría; con
SEPTIMUS o con
OCTOPUS, el bucle acabaría dando vueltas entre el 7 y el 8. El mecanismo de fondo es que cada paso reduce el número de letras hasta meter la cifra en un conjunto pequeño de valores, y ahí la repetición es inevitable. Es la misma familia de problemas que la conjetura de Collatz. El mérito del cinco, al final, es haber nacido con cinco letras.
Del uno al millón: qué porcentaje acaba en cada final
El vídeo que sirve de punto de partida no se queda en los ejemplos bonitos: comprueba el algoritmo hasta
un millón y ofrece el reparto de casos entre los dos desenlaces. Reproducir esos porcentajes sin el desglose que los acompaña no aclara gran cosa. Lo relevante es que, en todo el recorrido, el patrón no se rompe. Y que nadie ha demostrado todavía que se cumpla para todos los números, porque los números no terminan en un millón. Ese es, precisamente, el hueso de la cuestión.
De la gematría a la Torá: el desvío que se lleva la conversación
A partir de ahí, el asunto cambia de carril. Una parte de la conversación sostiene que estudiar los números lleva directamente a la Cábala y que las coincidencias del texto bíblico no pueden ser casualidad. Se cita la
gematría, se mencionan oraciones marianas del
siglo IV como el
Sub tuum praesidium confugimus y se rastrea el versículo 48 del primer capítulo de Lucas. En paralelo circulan tesis mucho más exóticas: las de Alexandre Eleazar, que defendía que los jeroglíficos egipcios se traducen mejor con el euskera, hablaba de tres mujeres —María, Marta y Margot— y situaba en Cádiz la capital de los
Beres. Y las de Nimrod de Rosario, autor de
Belicena Villca, veinte años de escritura y más de 5.000 libros consultados, según los relatos que acompañan a la obra.
Todo esto convive en la misma página sin que nadie haya conseguido cerrar el primer problema. El algoritmo de las letras se comprueba hasta un millón y se intuye cierto; su comportamiento depende por completo de la lengua en que se nombren las cifras. Cambia el idioma y cambia el bucle. Cambia el nombre del número y cambia todo. Nadie ha explicado por qué el castellano eligió que cinco tuviera cinco letras, quizá porque nadie eligió nada.