Hantavirus, Agenda 2030 y el fin de la humanidad: el batiburrillo conspirativo que no cuadra
Tres muertos por hantavirus en Argentina recibieron portadas globales. La pregunta, incómoda, es inevitable: ¿por qué tanta cobertura por un bicho que apenas ha matado a tres personas? Quienes sospechan de la narrativa oficial ven aquí una jugada de siempre: crear el hecho noticiable para mantener al personal en alerta sanitaria perpetua, justificar presupuestos de la OMS y los chiringuitos de vacunas, y desviar la atención de la inflación o el paro.
La cortina de humo del hantavirus
El debate se enciende: no es que quieran matar a nadie con el bicho, sería ineficiente. Es más bien un calentamiento del ambiente, una forma de tener al rebaño en modo alerta. La misma estrategia que con la pandemia: si no hay pandemia activa, se inventa con tres casos. Y mientras, los datos de paro e inflación pasan desapercibidos. Un sector del análisis sostiene que el objetivo real no es sanitario, sino de control social y mediático.
Agenda 2030: ¿reducción de población o domesticación global?
La Agenda 2030, firmada casi por todos los países, es el otro gran frente. Se la acusa de buscar reducir la población mundial mediante guerras, malos hábitos y control de natalidad. Pero otro análisis apunta en dirección opuesta: no se busca reducir, sino domesticar. Eliminar focos de soberanía individual y nacional, crear un rebaño global homogéneo, endeudado, vigilado. Las ayudas selectivas a la natalidad en ciertos colectivos y el fomento de la inmigración masiva apuntan a una redistribución demográfica controlada, no a un genocidio. El poder necesita carne de cañón para impuestos, consumo y ejércitos.
Los hilos invisibles: ¿quién maneja el tinglado?
Más allá de las agendas religiosas (judíos, vaticano, musulmanes), el verdadero poder no tiene reuniones secretas con acta notarial. Se encuentra en los fondos de inversión que financian la deuda pública: BlackRock, Vanguard, State Street. Gente como Larry Fink no firma la Agenda 2030, pero dicta las condiciones para que los estados la apliquen a cambio de no hundirles el bono. La fábrica de guano ideológico, la ingeniería social, los grandes medios… todo forma parte de un mismo entramado para eliminar cualquier amenaza al capital financiero transnacional.
La pregunta que queda en el aire: ¿cuál es el fin último? Si la abundancia es posible, ¿por qué gestionar la escasez? La respuesta, según la corriente escéptica, es que la escasez es una herramienta de control. Un mundo de abundancia haría a la gente autónoma, menos dependiente del estado y las élites. El sistema no busca exterminar, sino domesticar. Y el futuro, si no hay reacción, es más deuda perpetua, moneda digital controlada y una sociedad vigilada y neutralizada.
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