Cursos de ecommerce: del taller del carpintero al coche del gurú
¿Merece la pena pagar por un curso de ecommerce al estilo Kike GTR? Quien lanza la pregunta es un estudiante de ingeniería que compagina la carrera con un trabajo a tiempo parcial —una matada, dice— y lleva tiempo mirando de reojo a los gurús del dropshipping. Su propia sospecha lo delata: cree que los coches que exhiben esos vendedores de cursos no se pagan con la venta de productos por internet, sino con la venta del propio curso. La respuesta que recibe no es un catálogo de promesas, sino una bofetada de realidad con un caso concreto encima de la mesa.
¿Son los cursos de ecommerce lo que prometen?
La desconfianza es generalizada. Hay quien anticipa al comercial que aparecerá a los pocos mensajes ofreciendo su propio curso y hay quien recuerda, con retranca, que el dropshipping se vende como la manera de ganar mucho dinero. El consejo más repetido no pasa por pagar nada. Aprender a manejar una tienda a nivel de usuario es, se argumenta, una tontería; con
WooCommerce se cubre la práctica totalidad de los casos y la formación decente está gratis. Donde sí conviene invertir esfuerzo es en marketing digital, no en los botones de una plantilla.
El caso que desmonta el relato: un carpintero con el 80% de sus ingresos online
Frente al relato del gurú, un caso real. Un profesional hizo uno de esos cursos subvencionados para trabajadores en activo —un año, cuatro horas semanales— y confirma el diagnóstico: sirvió para aprender algo de PHP y poco más, y de eso apenas queda memoria. Hoy
el 80% de sus ingresos dependen del comercio online. Pero él mismo avisa de que «tiene trampa». No sabe programar ni de marketing, usa un PrestaShop y se centra en lo único que domina: es carpintero. Le llama un cliente, le resuelve la papeleta, le lleva el producto y, ya puestos, le vende otra cosa.
El ecommerce no es un fin, es un canal de venta más
De ahí sale la tesis que ordena todo el asunto: el comercio electrónico no es un fin en sí mismo, es un canal de venta más. Quien se propone montar una tienda online sin saber qué vende fracasa, sostiene este profesional, porque le falta el cariño por el sector y eso se nota al tratar con el cliente. Quien quiere vender calcetines y usa internet como un canal más puede triunfar. La distinción no es menor: explica por qué muchos de los que llegan buscando ganar X euros al mes se estrellan, y no es culpa de la tecnología.
Marketing contra producto: la pelea que no se cierra
No todos aceptan ese marco. Una corriente sostiene que una buena combinación de herramientas y sistemas de marketing puede multiplicar las ventas de cualquier producto, y pone como ejemplo a
Hawkers: primero se montó el canal y después se eligió qué vender. La réplica llega afilada: los fundadores de esa marca contaban con contactos y con famosos dispuestos a hacerles publicidad, así que el ejemplo vale poco como manual para un currante sin apellidos. El choque deja un punto abierto que nadie cierra: ¿vende más el sistema o el producto?
Al final, el consejo que sobrevive a todo el ruido cabe en una línea: aprende tu oficio y usa la web como escaparate. Lo demás —el curso, el gurú, el coche— es, según los escépticos, el producto que de verdad se vende.