El arancel de 3 euros de la UE entierra a AliExpress en España
AliExpress ha perecid. No es un titular exagerado, sino la constatación de un cambio de régimen: un pedido de tres artículos que hace semanas costaba 3 euros figura ahora en la cesta por 11. La plataforma no ha quebrado, pero su modelo —el paquete chino de bajo valor que cruzaba media Europa sin fricción— ha recibido una pañal fiscal. Desde el 1 de julio de 2026, la Unión Europea aplica una tasa de 3 euros por cada categoría arancelaria distinta en los envíos de menos de 150 euros. El resultado visible es una subida generalizada de precios en AliExpress, Temu y compañía, con productos que multiplican su precio por tres o por cuatro de la noche a la mañana.
Adiós al paquete de un euro
Los ejemplos se acumulan. Una luz solar que se compró por 3,50 euros aparece ahora a 12. Artículos de poco más de un euro, esos que hacían de AliExpress un vicio inconfesable, cotizan a 4 y 5 euros. «Se ha acabado una era», resume un comprador habitual que se declara expulsado del negocio. No es un problema exclusivo de la tienda naranja: los bazares chinos físicos también han subido precios «de forma brutal», según coinciden varios consumidores, hasta el punto de que lo que antes era un chollo ya compite de tú a tú con la ferretería del barrio.
La causa no es la inflación, sino una tasa que se aplica por categoría TARIC, no por unidad. La mecánica tiene su miga: un envío con cuatro camisetas paga 3 euros; el mismo envío con cuatro camisetas y un reloj paga 6, porque son dos categorías distintas. El sistema, pensado para frenar el aluvión de paquetes chinos, castiga con especial saña los pedidos pequeños y heterogéneos, justo los que definían la experiencia AliExpress.
La excusa industrial no se sostiene
El argumento oficial es la protección de la industria europea. El problema es que en muchos segmentos esa industria no existe. Un comprador que necesitaba un adaptador HDMI para una Nintendo 64 o un aro de ventilador de repuesto no tiene alternativa europea: los busca porque aquí no se fabrican. «Lo que valía 6 ahora vale 11, y luego desde China solo pagarán 3», advierte el análisis más afinado del problema. La tasa no crea fábricas europeas; en el mejor de los casos, ensancha el margen de los importadores y marketplaces que ya vendían el mismo producto chino con un sobreprecio de cuatro a diez veces.
La comparación duele: un peluche que en AliExpress costaba 3 euros aparecía hace unos días en una tienda de Oviedo por 9,99 con un cordón añadido. Un telefonillo de ducha que en China se vende a 2,90 dólares se anuncia en España por 35 euros en una web financiada con anuncios de Facebook. La transparencia de precios de internet fue, durante una década, el gran correctivo del comercio local. Ahora la UE ha puesto un impuesto justo sobre ese correctivo.
De Correos a los bazares, la onda expansiva
Los efectos no tardarán en notarse en la cadena logística. La aduana, que ya se colapsaba por volumen, tendrá que gestionar una nueva maraña de trámites. Los puntos de recogida —tiendas pequeñas que complementaban su facturación con los paquetes— perderán esa fuente de ingresos. Y si el volumen de pedidos cae, el ajuste de plantilla en empresas de reparto es cuestión de semanas. Hay quien incluso calcula que la recaudación final será muy inferior a la prevista porque la transacción desaparece en vez de pagar la tasa.
La respuesta que llega tarde: almacenes, México y la multa
El sector busca salidas. La más comentada pasa por que AliExpress, Temu y Shein establezcan almacenes dentro de la UE para esquivar la tasa, con Polonia como destino favorito. Pero ese movimiento, dicen los escépticos, «seguramente no les salga a cuenta». Mientras tanto, México ya aplicó a principios de año un arancel del 33,5% a las compras en estas plataformas; el comercio directo con China se encarece en todo el hemisferio.
Para rematar el cerco, la Comisión Europea multó a AliExpress con 550 millones de euros por no combatir «de forma eficaz» la venta de productos ilegales. La plataforma ha anunciado que recurrirá una sanción que considera «desproporcionada». Si el arancel era el ataúd, la multa es el epitafio.
El cálculo de quienes defienden la tasa es simple: menos importaciones, más recaudación y mejor balanza comercial. El de los críticos, también: un impuesto sobre el consumo popular que no sustituye nada, porque no hay sustituto. Con los precios ya subidos y sin alternativa industrial a la vista, la próxima década del comercio electrónico se parecerá más a la tienda de barrio que a la fiesta del contenedor directo. Salvo que alguien en Bruselas se lea la letra pequeña de lo que está protegiendo.