Almería y el pulso por una autonomía propia 40 años después
Hay una conferencia en Almería que promete poner sobre la mesa las «bases para la creación de una nueva autonomía». La asociación Acción por Almería vuelve a la carga cada 28 de febrero con el mismo argumento: que la provincia nunca quiso ser Andalucía y que aquello se decidió por encima de lo que votaron los almerienses. La doctora en derecho constitucional Inmaculada Gemma Bukhardt es la encargada de trasladar las líneas de esa supuesta «independencia almeriense». El gesto tiene más de reivindicación identitaria que de proyecto viable, pero enciende una discusión que lleva cuatro décadas sin apagarse del todo.
Qué se votó realmente el 28 de febrero
El primer frente de batalla es histórico y no está cerrado. Una parte sostiene que en el referéndum del 28F se preguntaba si Andalucía accedía a la autonomía por la vía rápida del artículo 151 o por la vía lenta del 143, y que en ningún caso se votaba la integración o la no integración de Almería en la comunidad. Quien defiende esta lectura añade que el momento de expresar si se quería formar parte de Andalucía llegó después, con la aprobación del estatuto.
La versión contraria es la que da fuelle a la asociación: que Almería no ratificó el referéndum y que hubo un apaño legal para que el resultado valiese igual. Ese relato, repetido durante años, es el que sostiene la narrativa del agravio y el que se invoca cada aniversario.
Bulo o no, la herida sigue abierta.
El argumento geográfico y económico
Más allá del papel, hay un hecho que nadie discute: Almería está lejos de todo. Granada, la capital más cercana, queda a 170 kilómetros; Málaga, a 200; Jaén, a más de 200; y Sevilla, a 400. Ese aislamiento alimenta la tesis de que la provincia tiene más en común con Murcia que con el núcleo andaluz. La Alpujarra almeriense, el valle del Almanzora o el valle del Nacimiento miran más hacia la Región de Murcia que hacia las comarcas granadinas vecinas, según quienes defienden esta lectura.
El agravio económico es el otro pilar. Se argumenta que Almería genera riqueza y que ha estado abandonada por una administración autonómica que solo mira a Sevilla y a Málaga. La queja se extiende al reparto de fondos, a la promoción turística y hasta a los reconocimientos simbólicos. El caso más citado: Almería tiene más horas de sol que Málaga y, sin embargo, la etiqueta de costa del sol se la queda la provincia occidental.
La grieta oriental-occidental
El malestar no es solo almeriense. Hay quien plantea que Málaga, Granada y Almería no tienen nada que ver, económica, cultural y políticamente, con Sevilla y sus provincias satélite. La propuesta que circula es la de haber creado dos comunidades: una oriental y otra occidental. El argumento de fondo es que la parte occidental ha concentrado históricamente las figuras de poder y que eso ha condicionado el reparto.
La división no es nueva. Se recuerda que en la transición se discutió la posibilidad de crear dos autonomías, Andalucía y Granada, y que no se hizo por una cuestión militar: la cercanía con Marruecos aconsejaba que la región militar y la política coincidiesen. De ahí que la comunidad se diseñase como un bloque único.
El coste de la independencia
La propuesta de una autonomía almeriense choca con un problema práctico que varios señalan: multiplicar administraciones. Crear un nuevo gobierno regional implica parlamento, consejerías, delegados, jefes de gabinete y todo el aparato asociado. Hay quien calcula que saldría más caro que quedarse como está y quien responde que el problema no es Almería, sino las diecisiete comunidades existentes.
La alternativa que gana adeptos es la contraria: volver a las provincias y sus diputaciones y desmontar el sistema autonómico. La objeción es inmediata: pasar de diecisiete problemas a cincuenta. El debate, en cualquier caso, no es solo sobre Almería; es sobre el modelo territorial entero.
El factor demográfico que nadie quiere poner por escrito
En la conversación aparece un elemento incómodo: la transformación demográfica de barrios enteros de la capital y de la provincia, ligada a la llegada de población migrante. Se describe como un fenómeno que cambia la fisonomía de zonas concretas y que genera recelo en parte de la población local. Es una tensión social real, aunque las opiniones sobre su alcance y sus causas están lejos de ser unánimes.
Junto a eso, el desánimo. La conclusión más repetida es que da igual movilizarse, que la gente lamenta en la barra del bar no haber acabado en Murcia pero no mueve un dedo. La pasividad se describe como el principal obstáculo, por encima de cualquier argumento jurídico o económico.
Cuarenta años después del 28F, Almería sigue sin ser una comunidad autónoma y sin tener claro si quiere serlo. La conferencia se celebrará, se dirán las mismas cosas y el 1 de marzo todo seguirá igual. El dato que descoloca es que la reivindicación lleva más tiempo viva que muchas de las instituciones que la niega.