Marruecos contraataca con contratos, Mundial y el 85% del comercio
Marruecos no necesita invadir España. Le basta con cancelar contratos, agitar la candidatura del Mundial 2030 y recordar quién controla los flujos en Ceuta y Melilla. El pulso tiene una lectura económica bastante más fría de lo que sugiere la retórica.
Según las informaciones que circulan, Rabat ha amenazado con romper contratos con empresas españolas, incluido un pedido de coches policiales. La moneda de cambio es la misma de siempre: presión política a cambio de concesiones. La respuesta que se escucha en amplios sectores es contundente: si Marruecos no cumple con el control fronterizo, España no debería seguir en el proyecto del Mundial 2030.
La amenaza del contrato y el Mundial 2030
Marruecos ha puesto sobre la mesa su arma favorita, la cancelación de adjudicaciones, y el Mundial 2030 como rehén. La candidatura conjunta con España y Portugal se tambalea. Hay quien sostiene que la solución no es expulsar a Marruecos, sino que España abandone el barco y deje a la FIFA con el problema.
Pero no es tan sencillo. Organizar un Mundial exige aeropuertos, hoteles, AVE y autopistas. Y todo eso debe tener utilidad después del torneo; la historia de las ciudades olímpicas está llena de infraestructuras que se cayeron a pedazos por falta de uso. Una salida española no sería gratis ni en dinero ni en imagen. Los números del desglose de costes, que circulan estos días, merecen lectura reposada.
El 85% que nadie se atreve a tocar
El dato que sostiene el argumentario de los partidarios de la línea dura: aproximadamente el 85% de las exportaciones que Marruecos envía a la Unión Europea pasa por España. La infraestructura española es el puente logístico del comercio marroquí hacia Europa.
Enfrente, la lectura de la dependencia: los tomates y pepinos marroquíes solo son rentables sin aranceles europeos y a menos de 10.000 kilómetros. A esa distancia, el precio los haría inviables. Dicho de otro modo: Marruecos necesita a España y a la UE bastante más que España a Marruecos, al menos en el sector agrícola. Por eso el boicot que algunos reclaman, con Mercadona como objetivo visible, haría pupa en la agricultura del país vecino. Pero ojo, que también hay empresas españolas que viven de esos contratos.
Ceuta, Melilla y el factor rifeño
La crisis fronteriza es el telón de fondo permanente. En 2021, la entrada masiva en Ceuta obligó a reforzar los espigones; después, la retirada de las concertinas se convirtió en bandera del Ejecutivo. Hay quien ve en ello un plan deliberado y quien lo atribuye a simple dejadez. Lo que nadie discute es que la presión migratoria es una palanca que Marruecos maneja con precisión.
En ese contexto ha cobrado protagonismo el Partido Nacional Rifeño, que sostiene que la crisis de Ceuta demuestra el fracaso de la política española hacia Marruecos y defiende la autodeterminación del Rif como “alternativa de seguridad para España”. Una propuesta que unos toman en serio y otros despachan como ruido interesado.
La factura política del pulso
El debate de fondo es sobre la fiabilidad de Marruecos como socio. Las acusaciones de que la clase política española ha estado condicionada por intereses marroquíes recorren el análisis, pero la relación comercial es profunda y no se rompe con un portazo. Marruecos tiene un potente sector agrícola y una incipiente industrialización, con coches y microchips, un nivel comparable a la España de los años 60. No es un socio menor, y sus aliados del Golfo lo saben.
Con estos mimbres, lo más probable es que haya ruido, amenazas y alguna cancelación de escaparate, pero que el comercio siga fluyendo. A menos que el Mundial 2030 se convierta en la excusa que nadie quiere: la que obligue a elegir entre la cartera y el orgullo. Ahí, España tiene más que perder de lo que parece. Y Marruecos, también.