Merkel confesó que trajo inmigrantes para combatir a la ultraderecha según filtraciones
En las últimas horas ha cobrado fuerza la versión de que Angela Merkel, en conversaciones privadas, habría admitido que la política de puertas abiertas de 2015 tuvo como objetivo contrarrestar el avance de la ultraderecha alemana. La ex-canciller, que siempre defendió la acogida desde un prisma humanitario, ahora vería cuestionada su narrativa oficial. Si la confesión es cierta, el relato de la cancillería alemana durante la crisis migratoria se tambalea: no habría sido un gesto humanitario, sino un cálculo político.
La estrategia que incendió el caldo de cultivo
La decisión de 2015, cuando Merkel abrió las fronteras a más de un millón de solicitantes de asilo, se tomó cuando Alternativa para Alemania (AfD) apenas era un partido marginal y euroescéptico. Según esta versión, la idea era que una llegada masiva de inmigrantes cambiara el electorado y diluyera el voto conservador radical. El resultado, sin embargo, fue el contrario: AfD capitalizó el malestar y se convirtió en la segunda fuerza política. El antídoto resultó ser el mejor fertilizante para el adversario.
Hay quien va más allá y ve en esta confesión la prueba de que Merkel actuó como un agente de intereses foráneos, desde oligarcas rusos hasta lobbies financieros internacionales, y que el verdadero objetivo era debilitar a Alemania desde dentro. Estas teorías, sin embargo, carecen de pruebas sólidas y se mueven en el terreno de la especulación.
Una admisión que divide interpretaciones
Mientras unos ven en la supuesta confesión un error de cálculo monumental, otros la interpretan como una traición deliberada. Lo cierto es que la propia Merkel ha guardado silencio hasta ahora, y las filtraciones no han sido verificadas de forma independiente. Pero el debate ya está servido: si la ex-canciller realmente dijo que la inmigración era un arma contra la ultraderecha, el cinismo del establishment alemán quedaría al descubierto.
Con la ultraderecha en máximos históricos y una sociedad alemana más polarizada que nunca, la pregunta incómoda persiste: ¿qué esperaba Merkel que pasara?