Islandia ya ha pasado por esto, y le salió justo al revés de lo que da por hecho el hilo.
Pidió el ingreso en julio de 2009, con el país recién reventado por la quiebra de su banca. Las negociaciones se abrieron en 2010, el gobierno siguiente las congeló en 2013 y en marzo de 2015 retiró formalmente la candidatura. Diecisiete años después no ha habido que repetir ningún referéndum, entre otras cosas porque para frenar aquello no hizo falta convocar ninguno: lo paró un gobierno por su cuenta.
Y lo del sábado tampoco era entrar. Era autorizar la reapertura de las negociaciones. Ganó el no por 52,8% frente a 47,2%, con una participación del 82,5%.
Ahora bien, antes de celebrar mucho conviene tener presente el otro lado: Islandia está en el Espacio Económico Europeo desde 1994 y en Schengen desde 2001. Aplica el mercado interior y la libre circulación de personas desde hace treinta y dos años, sin voto y sin asiento en Bruselas. Eso el referéndum no lo tocaba.
Y un país de 400.000 con derecho de voto (y veto) les da una representación que por población no les corresponde, por tanto, es mala jugada visto así. Pero en realidad, lo que quieren es mantener la soberanía de sus caladeros, no hay más razón que esa.