Antes de la luz eléctrica, dormir 8 horas seguidas era lo anormal
Despertarse a las 2 o 3 de la madrugada y no poder conciliar el sueño es una queja frecuente entre los mayores de 45 años. La mayoría lo vive como un problema. Sin embargo, durante miles de años, eso no era un problema. Era exactamente lo que el cuerpo hacía de forma natural.
El historiador Roger Ekirch ha documentado más de 500 referencias al «primer sueño» y «segundo sueño» en textos medievales, diarios personales y registros médicos de Europa al mundo árabe. El primer sueño comenzaba al anochecer y duraba entre 3 y 4 horas. Le seguía un período de vigilia tranquila de 1 a 2 horas, donde las personas rezaban, charlaban o –contra el mito– rara vez leían, porque la mayoría era analfabeta y la luz de velas o candiles era cara y peligrosa.
Luego venía el segundo sueño hasta el amanecer. Esta pauta bifásica era la norma, no la excepción. Con la llegada de la luz eléctrica, la jornada se alargó y el sueño se comprimió en un único bloque de 7-9 horas, considerado hoy el estándar de salud.
No todos están de acuerdo con la universalidad de este patrón. Algunos argumentan que el sueño partido era un lujo de clérigos y nobles, mientras que el campesino, agotado por el trabajo físico desde el amanecer hasta el anochecer, dormía de un tirón. Otros señalan que las interrupciones no eran placenteras si la causa eran pulgas, mosquitos o el frío.
Lo cierto es que el debate sobre cómo dormían nuestros antepasados sigue abierto. Lo que parece claro es que nuestro actual empeño en dormir ocho horas seguidas sin despertarnos quizá sea una presión cultural reciente, no una necesidad biológica inmutable. Y que ese despertar a las 3 de la mañana, lejos de ser un trastorno, podría ser un eco de nuestro pasado evolutivo.