El petróleo no se acaba, se cierra el grifo: Ormuz y el barril disparado
Hace unos meses el mundo nadaba en crudo. Sobraba oferta y el barril se pagaba alrededor de 50 dólares, un precio que apenas cubría los costes de extracción de más de un yacimiento. Hoy cualquier operador de refinería europea mira el mercado con la misma cara del que descubre que el vecino le ha cortado la llave del agua. No es que el pozo se haya secado: es que alguien ha decidido cerrar el grifo. Y esa diferencia —agotamiento frente a interrupción— es la que sostiene toda la discusión.
El oleoducto Este-Oeste y los 7 millones de barriles diarios parados
Arabia Saudí ha anunciado que no suministrará crudo a las refinerías europeas el próximo mes. El motivo esgrimido es un ataque con drones que ha obligado al cierre temporal del oleoducto Este-Oeste, la infraestructura clave operada por Aramco, con capacidad para mover 7 millones de barriles diarios. La instalación habría quedado inhabilitada entre tres y cinco semanas.
Con Irán y Estados Unidos en guerra y el estrecho de Ormuz cerrado, el flujo se ha estrangulado. El repunte del gas y del crudo no responde, en principio, a que las reservas se hayan evaporado, sino a que el transporte marítimo de crudo del Golfo está bloqueado. Hay quien añade un cálculo incómodo: a los productores —estadounidenses, rusos y del Golfo— les interesa menos oferta para empujar el precio hacia arriba. La deuda, recuerdan, no se paga sola.
¿Se acaba el petróleo o simplemente deja de fluir?
La confusión entre agotamiento e interrupción es el corazón del asunto. Cuando el petróleo se acabe, será para siempre. Que el flujo se corte es, en teoría, pasajero: basta con que acabe el conflicto y se reabran los pozos, aunque eso lleve tiempo y el crudo que se quede bajo tierra no vuelva a moverse hasta entonces.
El problema, apuntan varias voces, es que este parón llega en el peor momento posible. Si los Estados tuvieran sus finanzas saneadas podrían emitir deuda para compensar el efecto inflacionario de la crisis energética. En vez de eso, se argumenta, llegan endeudados hasta las cejas, sin margen para tirar del gasto público.
Peak oil: meseta de producción, no gota final
El concepto de peak oil —pico de producción— no describe el fin del crudo, sino el momento en que la extracción deja de crecer. La primera lección es que no implica el agotamiento hasta la última gota, sino la entrada en meseta. Y si la producción no aumenta cada año, la economía que depende de ella se estanca y después entra en recesión.
De ahí se derivan dos consecuencias que el debate da casi por hechas: guerras por la escasez y convulsiones sociales severas. La lectura más cruda es que a Estados Unidos no le interesa ocupar países productores por amor al arte, sino por realpolitik de los recursos.
Por qué el capitalismo no muere por falta de crudo
El titular más discutido es el que ata el fin del petróleo al fin del capitalismo. Y es donde más resistencia aparece. El sistema económico nació mucho antes de que a nadie se le ocurriera quemar hidrocarburos para llenar un depósito, y sobrevivirá igual con gas, con molinos o con paneles solares. Otra cosa es la política.
La tesis que gana terreno entre los escépticos es que lo que se resquebraja con una crisis energética severa no es el régimen económico, sino la democracia liberal. El sistema productivo aguanta; el contrato social, menos.
Turiel, el profeta que lleva décadas anunciándolo
El nombre que polariza el asunto es el de Antonio Turiel, divulgador del peak oil vinculado al blog The Oil Crash. Sus críticos sostienen que lleva desde principios de los 2000 anunciando el fin del petróleo sin acertar una sola previsión. Recuerdan un artículo suyo de 2014 en el que pronosticaba un crudo disparado y una subida de tipos de interés: ocurrió justo lo contrario.
Aquí el dato que descoloca. Una recopilación de las portadas agoreras de la revista Time —la guerra nuclear de 1954, la explosión demográfica de 1960, el colapso ecológico de 1970, el efecto 2000— sirve para recordar cuántas veces se ha anunciado el final. Y seguimos aquí. El crudo, además, sigue bajo tierra. El pozo no se ha secado. Pero 7 millones de barriles diarios que deberían viajar hacia Europa llevan semanas parados, y ese es el número que mueve el precio este mes, no las reservas que quedan bajo el Golfo.