Controladores, huelga y estado de alarma: la precuela que nadie quiere recordar
La huelga de controladores aéreos de diciembre de 2010 fue mucho más que un conflicto laboral: fue el ensayo general del estado de alarma como herramienta política. Pero detrás del relato oficial de "pijos millonarios" había una madeja de recortes, privatización encubierta y riesgos de seguridad que los medios enterraron.
El detonante: un decreto que lo cambió todo
El gobierno de Zapatero aprobó en febrero de 2010 un decreto que limitaba las horas extras de los controladores. El problema es que, con una plantilla ajustada, esas horas eran necesarias para cubrir los turnos. Al llegar al máximo permitido, los controladores anunciaron que no harían más voluntarias. La respuesta del Gobierno fue otro decreto, el viernes previo al puente de diciembre, que les obligaba a realizarlas. El pulso estaba servido.
La narrativa mediática: demonización y cifras sesgadas
La prensa repitió hasta la saciedad que los controladores ganaban 300.000 euros por trabajar cuatro horas al día. Se les presentó como unos privilegiados insolidarios que dejaban tirados a miles de viajeros. Se omitió que esos ingresos extraordinarios provenían precisamente de las horas extras forzadas por la falta de personal, y que el sueldo base era mucho más modesto. Tampoco se habló de los incidentes de seguridad: según testimonios del sector, en los días previos se habían registrado múltiples casi accidentes por saturación y fatiga.
El estado de alarma: un precedente peligroso
El 3 de diciembre, el Gobierno declaró el primer estado de alarma en democracia para asuntos no catastróficos, movilizando a los controladores como si fueran militares. Se judicializó posteriormente, pero el daño estaba hecho: se sentó el precedente de que un conflicto laboral podía ser sofocado con medidas de excepción. Años después, muchos vieron en aquella jugada el ensayo de lo que vendría con la crisis de los controladores de Mallorca y, más tarde, con la pandemia.
La conexión con la privatización de AENA
No fue casualidad el timing. AENA arrastraba una gestión ruinosa, con obras faraónicas financiadas por el Estado que beneficiaban a constructoras afines al PSOE. La huelga sirvió para acelerar el proceso de liberalización y allanar el camino a la privatización de los aeropuertos. El colectivo de controladores se convirtió en el chivo expiatorio perfecto.
Quince años después, cuando el estado de alarma se ha invocado repetidamente, la pregunta incómoda sigue siendo si aquel precedente se utilizó para lo que decía o para allanar el camino a algo mucho mayor. Los datos, como siempre, no casan del todo con el relato oficial.
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