Arteta, el robo de Okendo y la aritmética del franquismo
¿Cuántos años hay que haber vivido bajo una dictadura para poder decir que se sufrió? La pregunta lleva días planeando sobre Ainhoa Arteta desde que la soprano denunciara públicamente el asalto a su vehículo en el aparcamiento de pago de Okendo, en San Sebastián, y la sustracción de un bolso con abundante documentación personal. Al incidente sumó una frase que ha reabierto un debate recurrente: «Sufrí el impuesto revolucionario y me negué a irme a paraísos fiscales». Y en la conversación pública se coló, cómo no, el franquismo. Basta una resta para encender la mecha.
La resta que nadie discute
Franco murió en 1975. Estamos en 2026. Van 51 años. Arteta tiene 61. Cuando el dictador falleció, ella tenía diez. El cálculo, de una simplicidad casi ofensiva, es el que más incomoda: quien hoy invoca haber sufrido la dictadura tenía edad de jugar al frontón mientras la maestra daba la noticia en clase. No es un argumento nuevo, pero cada vez que una figura pública de esa quinta roza el registro de la memoria histórica, vuelve el mismo contador. Y no falla.
Hay quien traza una línea directa entre el deseo de no pagar impuestos en paraísos fiscales y el haber padecido la extorsión de ETA. Y hay quien responde que una cosa es resistir la presión de una banda armada y otra muy distinta presumir de víctima del franquismo con una décima parte de la dictadura a la espalda.
El brazo extendido y la memoria de la EGB
El segundo frente es el colegio. Un sector sostiene que en los últimos años del franquismo aún se formaba a los alumnos con el brazo extendido y se cantaba el Cara al Sol. Otro, con la misma edad a cuestas, lo niega en redondo y describe algo distinto: la fila con la mano apoyada en el hombro del compañero de delante, una maniobra para alinear, no un saludo. Un tercer testimonio sitúa esa formación ya en plena democracia, en el curso 1979/80, cuando la educación aún no había sido transferida a las comunidades autónomas. La conclusión que emerge no es que unos mientan: la escuela del franquismo fue un mosaico, dependiente del maestro de turno, del colegio —público o de curas— y de si la localidad era capital o pueblo perdido.
Del aparcamiento a la lista completa de agravios
Como casi siempre, el robo fue solo el detonante. En cuestión de horas el asunto absorbió todo lo demás: el respaldo de Arteta a Plácido Domingo cuando el tenor estuvo en el ojo del huracán, las supuestas secuelas de la vacunación —una afirmación que circula sin verificación alguna— y, cómo no, la inmigración. Hay quien intenta trasladar un hurto en un párking al terreno del origen de los autores, sin un solo dato que lo sostenga.
Y luego está la ecuación que chirría por el otro flanco. Llamar «impuesto revolucionario» a lo que le ocurrió a Arteta tiene un problema histórico: durante décadas ese eufemismo designó la extorsión con la que ETA financió su maquinaria, una extorsión que no siempre se quedó en un bolso robado. Equiparar una cosa y la otra exige, como mínimo, un ejercicio notable de estiramiento.
Así que al final la cosa queda tal que así: una soprano denuncia un robo en un aparcamiento y acabamos dilucidando si tenía diez o nueve años cuando murió Franco y si el brazo de su maestra señalaba a Hitler o solo pretendía una fila recta. El ladrón de Okendo, sin quererlo, ha convertido un hurto en un seminario de pedagogía de 1965.