Un niño quemado en Gaza reabre el pulso sobre el fósforo blanco
La imagen de un menor con quemaduras atribuidas al fósforo blanco en
Gaza ha vuelto a colocar el foco sobre el uso de esta munición incendiaria en el conflicto. El caso, difundido en redes y recogido en un hilo de actualidad, ha derivado en un choque de relatos: mientras unos denuncian una masacre deliberada, otros sostienen que se trata de propaganda y que las víctimas son consecuencia colateral de una guerra que empezó Hamás. La discusión no es nueva, pero el material acumulado en torno a ella sí permite ordenar qué se sabe, qué se afirma y qué se da por probado sin serlo.
Qué es el fósforo blanco y por qué se discute su uso
El fósforo blanco es una sustancia incendiaria que arde al contacto con el oxígeno y cuya utilización en zonas pobladas está limitada por el derecho internacional humanitario. En el material que circula se afirma que lleva dos décadas apareciendo en el conflicto, con acusaciones recurrentes y negaciones sistemáticas. Hay quien sostiene que su presencia es un hecho documentado y quien responde que se trata de un relato repetido sin pruebas nuevas. La discusión, en cualquier caso, no se centra en la sustancia sino en quién la emplea y con qué intención.
El 7 de octubre como argumento y como coartada
El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 funciona en la conversación como eje de todo. Una parte de los intervinientes lo usa como explicación causal: sin esa matanza no habría respuesta militar. Otra parte lo considera una coartada que exime de responsabilidad a quien bombardea. En medio, una posición que gana peso con el tiempo: la de quienes sostienen que ambos bandos tienen responsabilidad y que quien paga es siempre la población civil. La cifra que se repite en el material es la de 27.000 muertos palestinos a bombardeo, la mayoría niños y mujeres, según el relato que circula.
El doble rasero que nadie desmiente
Una de las líneas más repetidas es la comparación con Ucrania. Se argumenta que Rusia recibió sanciones y condena internacional por su invasión, mientras Israel mantiene el apoyo de las potencias occidentales pese a un balance de víctimas muy superior. El cálculo que se lanza es simple: si se aplicara el mismo rasero, la respuesta sería otra. Enfrente, la tesis de que no hay comparación posible porque Israel no busca exterminar a un pueblo, sino responder a una amenaza. El dato que se usa para rebatirla es que la población palestina crece, luego no hay genocidio. El dato que se usa para sostenerla es el número de menores fallecidos.
La pregunta incómoda: ¿quién creó a Hamás?
En el material aparece con insistencia una tesis que no es nueva pero que se repite con detalle: Hamás habría sido impulsado en su origen para contrarrestar a la OLP de orientación soviética. A partir de ahí se encadenan preguntas sin respuesta: por qué su cúpula permanece en un país mediador sin ser perseguida, por qué se movieron defensas fronterizas antes del ataque o quién operó en la bolsa israelí el día previo. Son sospechas, no hechos probados, y como tales deben leerse. Pero su repetición constante indica que una parte del público ya no acepta la versión oficial de los acontecimientos.
El niño como campo de batalla
El caso concreto del menor quemado se ha convertido en un objeto de disputa. Unos lo presentan como prueba del uso de munición incendiaria; otros, como un montaje o como un daño colateral inevitable. La discusión sobre si la imagen es auténtica o manipulada ha desplazado a la discusión sobre lo que le ocurrió al niño. Es el patrón habitual en este conflicto: la víctima desaparece detrás de la polémica sobre la víctima. Y mientras se discute, el menor sigue siendo el mismo: un niño con quemaduras.
Lo que se dice de la solución y lo que se evita decir
La propuesta más repetida es la de los dos Estados, con reparto de culpas y renuncia al orgullo por ambas partes. Es la posición que más consenso genera en abstracto y la que menos concreción tiene cuando se baja al detalle. Nadie explica cómo se reparte Jerusalén, qué pasa con los colonos ni quién garantiza la seguridad de cada lado. La paz se invoca como deseo, no como plan. Y esa distancia entre el deseo y el plan es, probablemente, el motivo por el que el conflicto sigue cumpliendo años.
Con estos mimbres, lo previsible es que la discusión se recomponga en unos meses con otro caso, otra imagen y los mismos argumentos. La única variable que puede cambiar el tono es la política interior de las potencias que sostienen a Israel: si el coste electoral sube, el apoyo bajará. Hasta entonces, el fósforo blanco seguirá apareciendo en los titulares y desapareciendo de las agendas.