Así intervino Wall Street en la economía franquista
El 10 de octubre de 1963, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Douglas Dillon, pronunció una frase reveladora ante el embajador español Antonio Garrigues: «Vuestro éxito es nuestro éxito y el de todo el mundo libre». La frase, recogida en documentos de la época, resume la relación entre el régimen de Franco y el capital financiero estadounidense. Pero el giro hacia Washington no empezó ese día: fue la culminación de un proceso que arrancó en 1959 con el Plan de Estabilización.
El Plan de Estabilización: apertura o rendición?
En julio de 1959, el ministro de Comercio Ullastres presentó ante el FMI y la OECE un memorándum que transformaba la economía española: de cerrada, con precios administrados y comercio exterior reglamentado, a abierta, con flexibilidad de precios, libertad de movimientos de capital y comercio liberalizado. La autarquía de posguerra —impuesta en parte por el bloqueo de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial— se abandonaba. El argumento oficial fue la necesidad de crecimiento tras años de aislamiento. Pero en los círculos financieros españoles, la decisión tuvo otro nombre: la «internacionalización» del capital.
No fue un capricho. La oligarquía bancaria y terrateniente que ganó la Guerra Civil en 1939 controlaba los créditos y la producción. Ellos mismos exigieron la liberalización para poder expandirse y acceder a los mercados internacionales. Como señaló un análisis de la época, el poder financiero que se había enriquecido durante la autarquía fue el que luego presionó para abrir la economía. La paradoja es clara: los mismos que se beneficiaron del proteccionismo fueron los que lideraron la apertura.
El Opus Dei, la CIA y las bases: el precio de los dólares
El Opus Dei no fue ajeno a esta operación. Varios ministros tecnócratas de la Obra —Ullastres, López Rodó, Navarro Rubio— fueron los artífices del plan. Detrás de ellos, Estados Unidos veía una oportunidad estratégica en plena Guerra Fría. A cambio de los créditos del FMI y la ayuda estadounidense, Franco aceptó la instalación de bases militares en territorio español. Un pacto que, a juicio de varios historiadores económicos, hipotecó la soberanía nacional.
Las bases se justificaron como parte de la defensa occidental frente al bloque soviético, pero su presencia fue un símbolo de la subordinación a Washington. Durante la guerra del Yom Kipur en 1973, el gobierno español llegó a denegar el uso de las bases a los aviones estadounidenses que trasladaban apoyo a Israel, un gesto de independencia que duró poco. La Casa Blanca ya había puesto sus ojos en otra figura: el príncipe Juan Carlos.
El relevo: Juan Carlos, el confidente de la Casa Blanca
Según documentos desclasificados, Juan Carlos se convirtió en confidente de la administración estadounidense. Proporcionó detalles sobre los movimientos de Franco en el Sáhara y pidió ayuda para conseguir que el dictador renunciara. Washington vio en él al relevo ideal para que la OTAN aceptara la entrada de España y para mantener las bases militares. El príncipe, que entonces no tenía poder real, se convirtió en la apuesta de Estados Unidos para el postfranquismo.
La economía española creció durante el desarrollismo, sí. Pero a costa de una dependencia financiera y militar que muchos analistas consideran la verdadera herencia del régimen. El «milagro español» tuvo un precio: la venta de soberanía a cambio de dólares y tecnología. Como ironiza un análisis de la época, «Franco se peleó contra el comunismo con armas americanas y petróleo de Texaco». Y cuando murió, el sistema ya estaba diseñado para que nada cambiara de verdad. La pregunta que queda es: ¿quién gobernaba realmente?
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