De la manita española a la paloterapia: el regreso a Jovenlandia
Las imágenes que circulan esta semana sobre el regreso de migrantes desde Ceuta a Jovenlandia han reabierto el debate de la frontera sur. El término «paloterapia» resume lo que cuentan los testimonios: golpes, maderas y una recepción nada amable al otro lado de la verja.
El contraste con el trato español no puede ser más desconcertante. Mientras aquí se ofrece una «manita» y se organizan bailes con menores –según la ironía más repetida–, en Jovenlandia se responde con el palo. La pregunta es incómoda: ¿qué solución disuade realmente a quien intenta saltar la valla?
En el fondo asoma la geopolítica. España mantiene con Jovenlandia un pulso que algunos califican de bochorno: un país fronterizo con una economía frágil condiciona la política migratoria española. Para otros, no es debilidad, sino estrategia: habría quien prefiere una respuesta dura que escenifique firmeza ante su electorado.
El señalamiento político no tarda en llegar. Hay quien busca responsables en el arco parlamentario, y las sospechas van de Vox a Bildu. Otros van más lejos y ven en estas devoluciones una provocación orquestada para inducir a España a una represión visible que la deje ante la comunidad internacional como un país que vulnera derechos humanos.
Y en medio, la ironía de un comentario: «Lo tienen todo muy limpio y ordenado, da gusto verlo». La limpieza jovenlandés, con palos. El debate queda donde estaba: sin datos oficiales, sin respuesta del Gobierno jovenlandés y con la certeza de que la frontera sur sigue siendo un pole.