La exdirectora del SPLC, detenida por desviar donaciones a los grupos que denunciaba
Heidi Beirich construyó su carrera señalando a los grupos de odio de Estados Unidos. Ahora la detenida es ella. La exresponsable del proyecto de seguimiento del Southern Poverty Law Center (SPLC) fue arrestada en California, acusada de supervisar pagos secretos a informantes dentro de grupos supremacistas blancos, uno de los cuales habría sido, según la acusación, su pareja. El Departamento de Justicia sostiene que el programa defraudó a donantes que nunca supieron que su dinero acababa en las arcas del enemigo que la ONG decía combatir.
Un negocio redondo: vivir del enemigo que financias
El caso tiene una ironía que ni el mejor guionista habría escrito. La tesis del SPLC era que el odio se combate con investigación y vigilancia. La realidad, según los cargos, es que parte de la financiación se habría utilizado para mantener activos a los propios grupos que la organización señalaba. Si vives de denunciar extremistas, conviene que los extremistas existan. La solución, presuntamente, fue pagarles con el dinero de los donantes.
El eco español: subvenciones y chiringuitos
El caso ha reabierto en España la pregunta incómoda sobre el modelo de negocio de determinadas ONG y fundaciones vinculadas a partidos. Se han mencionado presuntas entidades ligadas al PSOE, incluida alguna relacionada con Ábalos y Leire Diez, con subvenciones y dudosa actividad. El ejemplo estadounidense sirve de espejo: cuando la subvención depende de la existencia de un enemigo, el enemigo se convierte en un activo a conservar. La diferencia es que allí actúa el FBI; aquí, de momento, solo quedan los titulares.
La detención de Beirich no convierte a todas las ONG en estafas, pero obliga a preguntarse cuántos “negocios del bien” dependen de que el mal nunca se acabe. El dato que descoloca: la experta en desenmascarar extremistas presuntamente convivía y mantenía una relación con uno de sus informantes. A la espera del proceso, la presunción de inocencia sigue vigente. Pero la confianza en la industria del odio, ya no.