Ceuta y Melilla: la rendición que se cocina a fuego lento
Tajante: el traspaso de Ceuta y Melilla a Marruecos no será un decreto ni una invasión. Será un proceso largo, con crisis discretas y concesiones progresivas. Y a la vista de los hechos que han ido saliendo a la luz, ya está en marcha.
El marco legal ha cambiado de forma silenciosa. En 2020, la Asamblea General de la ONU adoptó la resolución 75/123, bautizando el periodo 2021-2030 como el Cuarto Decenio Internacional para la Erradicación del Colonialismo. Ceuta y Melilla no aparecen en el listado de territorios no autónomos —se insiste en ello hasta la saciedad—, pero el mero calendario, con su límite en 2030, da cobertura discursiva a quien quiera presentar la españolidad como una anomalía del pasado. El relato se contruye con fechas.
La presión migratoria como instrumento negociador
Las cifras que se manejan son tozudas. Una marcha de 50.000 personas a pie hacia la frontera de Ceuta no se improvisa, se organiza. Que el CNI y el Ministerio del Interior dijesen después que no sabían nada resulta, como mínimo, patético. La conclusión más extendida en los análisis es que la presión migratoria se ha convertido en una herramienta de negociación bilateral: cada oleada arranca una concesión en materia de aduanas, fronteras o pesca.
El argumento económico refuerza la tesis. En las ciudades autónomas se contabilizan en torno a 150.000 perceptores de prestaciones sociales, de los cuales una parte importante es población de origen marroquí. La mezcla del gasto público con el cambio demográfico produce una inercia peligrosa: cuando el peso de los residentes favorables a Marruecos sea electoralmente dominante, la reivindicación de soberanía se podrá vestir de “voluntad popular”. A nadie se le escapa que eso también se puede fabricar.
Estados Unidos, la OTAN y el precio del estrecho
El tablero de fondo es la geopolítica de los estrechos y el Sahel. Marruecos se ha convertido en el socio prioritario de Estados Unidos en África, mientras que España ha oscilado entre el desafío a Washington y la ambigüedad en Oriente Próximo. La consecuencia es que el aliado americano no tiene ningún interés en sostener a un socio poco fiable si puede pagar el mismo precio a Rabat.
Algunos análisis tiran del hilo de los Acuerdos de Abraham y ven el interés energético: controlar el Estrecho implica controlar una de las rutas más sensibles del comercio mundial. La OTAN tiene el perímetro cubierto, pero la alianza no obliga a defender la soberanía española si España misma la pone en cuestión. En este punto, quien cree que el traspaso es una teoría conspirativa suele subestimar la capacidad de la diplomacia para vender una derrota estratégica como un “nuevo marco de relación”.
La calle, la bandera y el régimen del 78
La conversación pública ha mezclado la resignación con la bravata. Se repite el clásico “más se perdió en Cuba”, pero también circulan propuestas insólitas: llenar las ciudades de prisiones y vertederos, evacuar a la población y esperar el bombardeo, o incluso encomendarse a una “segunda enmienda” que no existe en el ordenamiento español. Son gritos de rabia, no planes.
En el lado de los que aún creen posible resistir, el argumento es también institucional: el llamado “régimen del 78” no tiene ningún interés en ceder territorio, porque la cesión debilitaría a la Monarquía y al entramado político nacido de la Constitución. Pero frente a eso, los escépticos recuerdan que ese mismo régimen sobrevive precisamente vendiendo como “problema resuelto” lo que antes era una línea roja. La historia reciente de la política española ofrece ejemplos de sobra.
El desenlace no está escrito. La diferencia entre una cesión pactada y una implosión interna depende de la cohesión política y de cuánta presión exterior esté dispuesta a absorber el Gobierno. A día de hoy, los indicadores disponibles apuntan en una dirección. La corriente se ve imparable, pero las corrientes también cambian cuando el coste de seguir la deriva supera el coste de frenarla.