Aemet pronostica un verano abrasador: el historial de aciertos invita al escepticismo
La Agencia Estatal de Meteorología acaba de publicar su avance estacional para el verano de 2026: calor extremo, temperaturas al alza, un escenario que invita a preparar el aire acondicionado. Pero basta rascar un poco para que el relato oficial empiece a desmoronarse. El año pasado, 2025, fue según la propia Aemet el más cálido registrado en España, con récords de temperatura. Sin embargo, quien viviera el julio de 2025 en una casa de campo recuerda algo muy distinto: meses enteros durmiendo con manta, una anomalía que descoloca a cualquiera.
El desfase entre el pronóstico y la realidad
Los datos del presente no ayudan a la credibilidad. Hace apenas unos días, los modelos apuntaban a 35°C de máxima en algunas zonas. La realidad fue un día nublado, brisa del sur y 26°C. Una discrepancia de nueve grados que no es un error de redondeo, sino un fallo que cuesta dinero a agricultores y turistas. Porque las previsiones no son un juego: hay quien planifica sus vacaciones o sus cosechas basándose en ellas. Algunos estadounidenses, según cuentan, ya han cancelado viajes a España por el miedo al calor extremo. Multar a los que fallan, como se ha propuesto, suena a ocurrencia, pero la idea de exigir responsabilidades cuando el error sistemático perjudica a terceros no es tan descabellada.
La añoranza de los métodos antiguos
Hay quien recuerda a un tal Medina, un meteorólogo de la vieja escuela, que con menos medios acertaba más a una semana vista que los superordenadores actuales a 48 horas. La comparación es odiosa, pero ilustrativa: la tecnología ha avanzado, la precisión, no tanto. Y mientras tanto, las alertas de calor extremo se suceden. Este año, las temperaturas ya han alcanzado los 40°C antes del 20 de junio, algo que no se veía desde hace tiempo. Pero el verano pasado fue fresco, y el pronóstico para los próximos meses promete un nuevo récord abrasador. ¿Llegará a ser el verano más caluroso de la historia hasta 2027? Ojalá los modelos se equivoquen.
¿Hasta qué punto podemos fiarnos de la Aemet cuando sus propios datos y la experiencia cotidiana chocan? La pregunta queda abierta.