Asuero, el judío errante: siglos de castigo sin redención
La leyenda del judío errante no nace de un castigo divino: nace de dos tradiciones distintas que Europa acabó fundiendo en una sola. Según el relato medieval más difundido, un judío llamado Asuero se negó a dejar que Jesucristo se apoyara en la pared de su casa camino del Gólgota —algunas versiones añaden que incluso lo golpeó— y fue condenado a vagar por el mundo sin descanso hasta el regreso de Cristo.
Las dos tradiciones que se unieron hacia 1600
La versión más antigua no habla de Asuero. Procede del ámbito tardorromano y de origen armenio, y llama al errante Cartafilus o Cartaphilus. La versión de Asuero es posterior, puramente medieval y probablemente influida por las Cruzadas. Ambas circularon por separado durante siglos y no se fundieron hasta alrededor de 1600, en la imprenta alemana. De ahí saltaron a la literatura: Borges nombra a Joseph Cartaphilus de pasada en El Inmortal, y la figura del condenado a no morir recorre varios de sus relatos.
Castigo infinito por una culpa finita: el problema teológico
Aquí el asunto se complica. Hay quien sostiene que un castigo eterno por una ofensa puntual es una injusticia, y que la redención debería ser un derecho incluso para el réprobo, que debe poder reconocer sus errores y cerrar cuentas. La respuesta clásica es que Dios no envía a nadie al infierno: es una elección libre del condenado, que rechaza la unión con Él. Chesterton lo resumió diciendo que el infierno es un monumento a la libertad y a la dignidad humana.
La otra corriente es más dura. Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica (Segunda Parte de la Segunda Parte, Cuestión 18, Artículo 2), sostiene que los condenados no conservan ningún tipo de esperanza, porque saben que su castigo es eterno y que la bienaventuranza les resulta imposible. Dante lo dejó escrito en el dintel de su infierno: abandonad toda esperanza. San Agustín añadió su pieza con la massa damnata y la predestinación, y Escoto Eriugena, leído hoy, resulta argumentalmente impecable y herético a partes iguales.
El problema de fondo, el del mal y su origen, sigue sin cerrarse: si Dios creó todo, ¿de dónde mana el sufrimiento?
Con estos mimbres, lo previsible es que Asuero siga vagando. Cada generación lee su condena como quiere: unos ven justicia, otros ven crueldad, y unos pocos ven, simplemente, una buena historia. Que siga haciéndolo no demuestra nada sobre Dios, pero dice bastante sobre nosotros.