De la uña sucia de Caravaggio a la zarina compradora: el arte de la duda
La incredulidad de Santo Tomás no es solo un pasaje bíblico; es un laboratorio de estilos. Duccio lo pinta con oro bizantino en la Maestà, Verrocchio lo esculpe en bronce con pose forense, Rubens lo baña en barroco flamenco. Pero el que realmente mete el dedo en la llaga es Caravaggio: en su versión de 1602, expuesta en Sanssouci, Tomás hunde el índice en la herida de Cristo con las uñas sucias. No hay milagro limpio, hay carne, costras y un foco de sótano que deja poco a la imaginación.
Rembrandt, en 1634 (hoy en el Museo Pushkin), opta por lo contrario: una masa de claroscuro donde los apóstoles discuten como tenderos y la fe se pierde en sombras. El cuadro es un ejercicio de duda pictórica, no de certeza.
Pero el dato que descoloca no está en el lienzo. El Rembrandt perteneció al comerciante prusiano Johann Ernst Gotzkowsky, que pensó vendérselo a Federico el Grande. El rey, arruinado por las guerras, dijo no. Entró Catalina la Grande, compró las 90 obras de Gotzkowsky y, de paso, colecciones enteras: las 600 pinturas del sajón Brühl, la Colección Crozat (con la Danaë de Rembrandt y la Judith de Giorgione) y las 198 de Walpole. La zarina, princesa alemana llegada al trono por un golpe, necesitaba venderse como ilustrada. El arte no era cultura: era una operación de márketing imperial.