Autoconsumo solar: un kit de 1.000€ frente a 20.000€ de aislarse
El autoconsumo fotovoltaico no se amortiza nunca. La frase suena rotunda hasta que se separan las tres cosas que suelen viajar dentro de ella: aislarse por completo de la red, darse de alta como punto de suministro y limitarse a enchufar dos placas a la instalación de casa. La primera opción se va por encima de los
20.000€ para un consumo de 10 kWh diarios. La tercera cabe en unos
1.000€. Entre una y otra hay un abismo de acumuladores, trámites y contadores.
Las tres vías: aislarse, darse de alta o enchufar un kit
La primera consiste en cortar el cable y autoabastecerse. El cálculo, hecho con paneles, baterías estacionarias OPzS, regulador-maximizador MPPT y sin mano de obra, supera los 20.000€ en una región de poco sol. Los paneles aguantan 30 años con rendimiento decreciente; las baterías, incluso trabajando con descargas del 20%, no pasan de diez. El resultado es que la inversión no se recupera a los precios actuales de la luz.
La segunda vía pasa por convertirse en punto de suministro y vender. Los costes que impone la normativa —equipos de compra obligatoria, tasas, tarifas y técnicos— la hacen inviable en potencias domésticas. Y la tercera, la que acabó ganando peso, es un kit de varios paneles con inversor
plug & play cuya salida se conecta a un enchufe: si no llega la potencia, la red completa el resto.
¿Por qué las baterías hunden la cuenta?
Porque son el único componente que se agota antes de que la instalación se amortice. Un sistema con almacenamiento arrastra cargadores y pérdidas de conversión sobre el coste del acumulador, y encima no libera de la factura: hay que seguir conectado para los días malos. La defensa del kit sin baterías se apoya justo ahí, en que placas e inversor trabajan décadas sin mantenimiento reseñable mientras el plomo-ácido se queda por el camino.
Hay quien sostiene lo contrario con datos: instalaciones con baterías de níquel-hierro funcionando desde hace más de cincuenta años y amortizaciones de entre siete y doce años. El matiz está en el tipo de acumulador y en el precio de la energía que se evita. Con el kilovatio a
0,16€ la cuenta sale; con el excedente que nadie paga, se complica.
960 vatios en las montañas del País Vasco: 330 kWh y una primavera de niebla
El caso más documentado es un equipo de 960 Wp con estructura de ángulo variable —sin seguidor solar, movida a mano entre dos personas— montado en zona de montaña, con unas 1.100 horas de sol equivalentes al año en un ejercicio normal. Todo el material costó alrededor de 1.000€.
Los primeros 100 kWh tardaron dos meses en llegar. Después, una primavera de niebla persistente dejó el acumulado anual en 330 kWh, con jornadas de 684 Wh y días que apenas pasaban de 1,5 kWh. Menos radiación en abril y mayo que en febrero, resumía el responsable del montaje. Los datos mensuales, eso sí, mantienen la forma de campana: del pico de
124 kWh en agosto a los 53 kWh de diciembre en una instalación orientada al sur con 55º de inclinación y un 14% de pérdidas estimadas.
Quien mira la rentabilidad con lupa avisa de que 500 W instalados son energía testimonial y de que por debajo de 1 kW los costes de instalación se comen el ahorro. La contra: con dos o tres módulos, kits de 400 a 600 W por 1.000-1.300€, se cubre el consumo de fondo diurno —televisión, ordenador, aparatos en espera, que rara vez supera los 500 W— y el retorno se estima en cinco o seis años. Sumado a una tarifa nocturna para lavadora y termo, el ahorro se multiplica.
El contador que no paga lo que inyectas
Aquí se tuerce todo. Con el contador sin preparar para vertido, lo que produce el sistema y no se consume no se factura: el aparato se limita a dejar de contar mientras la compañía se queda con esa energía. Otra versión del mismo problema es la contraria: contabilizarla como gasto.
El marco legal permitía instalar lo que va del contador hacia dentro de casa al amparo del
Real Decreto 1699/2011, pero la venta del excedente llevaba dos años aparcada en un proyecto de decreto sin aprobar. De ahí la queja repetida: no falta tecnología, falta un balance neto claro. Con cuatro placas de 920 Wp se descontarían unos 1.300 kWh al año, un tercio del consumo de una casa media española, sin que el sistema tensara la acometida ni en el peor escenario de invierno, cuando como mucho inyectaría 1.000 W.
La sombra que planea sobre el asunto es la telemedición. La sustitución de contadores por equipos digitales con lectura remota alimenta la sospecha de que medirán lo que convenga y de que quien compre el suyo tendrá que pelear con la calibración del aparato.
Lo que aún no cuadra
La fotovoltaica doméstica ha dejado de ser un capricho caro: los precios de los módulos se han desplomado y un kit modesto se paga en un lustro en el mejor de los casos. Pero la letra pequeña sigue en manos de otro. Mientras no exista una retribución razonable para el excedente, el ahorro dependerá de la geografía y de la disciplina horaria de cada casa. Y si el próximo texto legal sale con la misma filosofía que los dos años de borrador sin aprobar, lo probable es que el grifo se abra solo para quien pueda pagarse un punto de conexión con ingeniería incluida.