Mercadona como salón social: el 'buen ambiente' que no está en los pasillos
El titular de la conversación es una exclamación: «¡Juan Roig eres D10S!». A partir de ahí, un supermercado de barrio se convierte en escenario de citas, comedor social y termómetro de una España que hace la compra con la calculadora en la mano. La pregunta de fondo —si hay
buen ambiente en
Mercadona— se responde sola: hay cola, hay tensión y hay hambre, pero no la que se ve en los lineales.
El arranque es un homenaje al fundador de la cadena valenciana, convertido en objeto de devoción popular. En pocas líneas, la conversación pasa del elogio al menú: pizzas hechas al momento, hamburguesas compactas de tres euros, raciones de paella a nueve euros. La cadena de supermercados aparece así como algo más que un comercio: es el lugar donde una parte del país resuelve la cena y, de paso, la vida social.
¿Cuánto cuesta comer en Mercadona sin cocinar?
Los precios concretos que se manejan en la conversación dibujan una cesta de la compra low cost con aspiraciones de restaurante. Una ración de paella lista para comer cuesta
nueve euros y, según uno de los relatos, deja con hambre: hacen falta dos. Las hamburguesas compactas se quedan en
tres euros y, según quien las prueba, aguantan mejor el recalentado que las de una cadena de comida rápida. La pizza del listo para comer, hecha al momento, se recuerda como el gran hallazgo de
2019, cuando se podía pedir mientras se hacía la compra del mes.
La comparación con la comida rápida tradicional no es casual. El argumento que se sostiene es que el producto de supermercado mantiene el tipo horas después, mientras que una hamburguesa de cadena recalentada pierde todo su valor. Es una defensa del
listo para comer como categoría propia, a medio camino entre el catering y el táper de oficina.
El supermercado como lugar de citas y de botellón
La conversación deriva pronto hacia el uso social del espacio. Se propone quedar en un Mercadona cercano a la catedral del Pilar, recorrer los pasillos cogidos de la mano y acabar de picoteo. Alguien pregunta si se puede hacer botellón comprando vino, whisky y cola, y si la tienda facilita sacacorchos. La respuesta es que no: el supermercado no es un bar, aunque a veces lo parezca.
Hay quien sostiene que las mesas del listo para comer son comunales y que no es raro que se siente al lado alguien a comerse una ensalada. De ahí a atribuir a la cadena una función de intermediaria sentimental hay un paso, y se da con ironía: el supermercado haría más por la vida social de algunos que las propias aplicaciones de citas. La escena del carro de la compra como sustituto del
match es, como poco, eficiente.
El relato del 'buen ambiente' y su reverso laboral
Frente a la imagen amable, aparece la otra cara. Se describe un modelo de negocio basado en el control total de la cadena, la presión sobre proveedores y una plantilla que trabaja de pie durante horas. La calidad, en esa lectura, es eficiencia: precio bajo y rotación alta. La innovación consistiría en copiar lo que funciona en otros sitios y meterlo en una bolsa blanca.
La tensión dentro de las tiendas se describe con sorna: más que ambiente festivo, lo que hay es una coreografía de turnos y lineales. El personal aparece como telón de fondo de una experiencia de compra que se vende como cercana. El contraste entre el escaparate y la trastienda es, probablemente, el hallazgo más incómodo de toda la conversación.
Del homenaje al fundador a la crítica del modelo
El retrato del dueño oscila entre el santo y el tiburón. Se le atribuye haber entendido que en España funciona el precio bajo y la rotación alta, y se le niega cualquier aura de innovador. La discusión sobre si es un genio o simplemente un buen gestor de márgenes no se cierra en ningún momento.
También hay quien defiende que la cadena da de comer barato y que eso, en un contexto de precios al alza, no es poca cosa. La crítica al modelo convive con el reconocimiento de su utilidad. Nadie discute que el supermercado se ha convertido en un actor central de la economía doméstica; lo que se discute es a qué precio, y para quién.
La comida como marcador de clase
En paralelo, la conversación introduce un juicio social sobre lo que se come. Se habla de quienes cenan dos hamburguesas baratas y de quienes preparan carne de angus a la parrilla. La comida de supermercado se asocia a un estilo de vida ajustado, y la crítica a esa comida se lee como desprecio de clase. El menú se convierte en termómetro de estatus.
La discusión sobre alimentación y salud aparece de refuerzo: se advierte de que comer fritos y azúcar a diario pasa factura aunque no se engorde. El consejo se da con retintín, y la respuesta es que quien da lecciones debería predicar con el ejemplo. La nutrición, como casi todo, acaba siendo un campo de batalla moral.
La carne importada y el ruido de fondo
Hacia el final asoma un tema que atraviesa la conversación sin desarrollarse: la llegada de carne importada tratada con hormonas, presentada como consecuencia de un acuerdo comercial. El asunto queda apuntado, sin que se aporten datos que permitan evaluarlo. Es el ruido de fondo de una discusión que empezó hablando de pizzas.
¿Y el buen ambiente? Depende de dónde se mire. En el lineal, hay cola. En la caja, hay prisa. En las mesas del listo para comer, hay conversación. El supermercado ha ocupado un espacio que antes tenían el bar y la plaza. Si eso es buen ambiente o simple resignación es algo que la conversación deja abierto.