Un ciempiés se cuela en una cita romántica: así condiciona una velada al aire libre
Nadie planifica un encuentro con un ciempiés. Pero cuando ocurre, la escena deja de ser bucólica: un picotazo se convierte en un ardor que obliga a abandonar el picnic, la ropa y hasta la compostura. La anécdota, que ha circulado estos días, tiene un componente hilarante, pero también plantea una pregunta práctica: ¿qué se debe hacer cuando uno de estos miriápodos se cuela en una cita?
El relato describe un paseo por un acantilado al atardecer, con melón de por medio, y de repente un pinchazo en el muslo. El dolor, comparado con el de un ascua, fue suficiente para que el afectado saltara, diera un codazo a su acompañante y se desprendiera de la camisa en plena huida. La bandeja de la merienda acabó en el suelo. El susto quedó en un correteo de un bicho “repugnante” que desapareció entre las sombras.
En España, las picaduras de ciempiés no son raras en épocas cálidas. Su veneno produce un dolor intenso, aunque en la mayoría de casos no requiere más que limpieza y frío local. El problema principal es la reacción al ardor, que puede llevar a conductas impulsivas. Los expertos recomiendan no frotar la zona, evitar el calor y acudir a un centro de salud si aparece hinchazón o mareos.
La anécdota, con o sin fotos, ha abierto un debate sobre los imprevistos en las citas al aire libre. Hay quien sostiene que el peligro no es el bicho, sino la costumbre de exagerar los percances. Si el objetivo era dar vidilla a una velada, quizá lo consiguió: la cita terminó antes de tiempo, pero la historia tiene material para ser contada. Lo que nadie sabe todavía es si la quemazón dejará alguna lección más allá de la urgencia puntual.