La araña lobo de 10 cm que apareció en el comedor
Una araña de
8 a 10 centímetros de pata a pata cruzando el comedor arruina cualquier sobremesa. Y, sin embargo, la protagonista resultó ser una de las especies menos peligrosas que uno puede encontrarse. La de la escena se identificó como una
araña lobo, de la familia Lycosidae: cazadora, sin tela, esquiva y rapidísima. Su picadura duele, pero no mata a nadie. Ese es el resumen de la consulta y también el motivo de que el susto acabara convertido en un festival de chistes.
Quien la encontró, recién cumplidos los
59 años y con varias arañas a la espalda, admitió que aquella era «la más gorda con diferencia». La identificación no tardó: varios coincidieron en la araña lobo. A partir de ahí, cada cual empezó a sacar a relucir su propia fauna.
¿Por qué una araña de 10 centímetros no es un peligro real?
La consulta a la enciclopedia zanjó la duda con un matiz incómodo: no son peligrosas, pero la picadura es dolorosa. Traducido: riesgo sanitario bajo, mal rato alto. La araña lobo no teje telas para cazar; persigue a sus presas a la carrera, lo que explica que aparezca correteando por paredes y techos en vez de quedarse quieta en una esquina. «Corren como una liebre», resumía una de las descripciones que circulan por la conversación.
Ese detalle, el de la velocidad, es el que dispara el miedo. No hay veneno que justifique el pánico, pero sí una silueta enorme moviéndose a toda prisa por el salón a las dos de la mañana. La percepción del riesgo va por un lado; el riesgo real, por otro. Y entre medias, un animal que ni ataca a personas ni tiene interés en hacerlo.
Del zapatazo al lanzallamas: cómo se gestiona un bicho enorme en el salón
El abanico de reacciones fue de manual. Hubo quien bromeó con que aquello era un centollo y que a la cazuela; quien recomendó prenderle fuego directamente a la casa; quien propuso una recortada; y quien insistió en la vía del lanzallamas. Y quien, a la vista de las dimensiones del bicho, bromeó con que el autor debía de vivir en Australia.
En medio del cachondeo, la opción sensata se repitió varias veces: capturarla con un vaso y un cartón, taparla y soltarla en el exterior, o incluso instalarla en un terrario. El mensaje más destacado por la comunidad pedía justo eso, no matarla, porque las arañas grandes se zamapan las cucarachas y lo que se les ponga por delante. Para entonces, la suerte estaba echada. La respuesta del autor fue escueta y definitiva:
tarde, soy de zapato rápido.
¿Son útiles las arañas grandes dentro de casa?
Aquí la conversación tuvo también sus defensores. Varios testimonios describieron convivencias pacíficas con arañas de buen tamaño instaladas en techos y paredes: sin intervenir, con la casa libre de mosquitos, moscas, pececillos de plata y cucarachas. Una de las intervenciones defendía que las arañas, lejos de ser una molestia, son de los animales más beneficiosos que uno puede tener en un piso: se mueven en horarios tranquilos, evitan las zonas de actividad humana y, de paso, se zampan los mosquitos que sí transmiten enfermedades.
El matiz: nunca le han gustado a nadie. Y encontrártelas en la ducha a las tres de la madrugada sigue siendo un argumento difícil de rebatir, por muchos mosquitos que se ahorre uno.
De la araña al alacrán: la deriva del asunto
Como suele pasar cuando un vecindario se junta a opinar, el asunto derivó. Aparecieron anécdotas de infancia —quien cazaba arañas y las guardaba en frascos, quien metió dos tarántulas en el mismo terrario y al día siguiente una había descuartizado a la otra—, recuerdos de documentales en los que niños del Amazonas capturan tarántulas para comérselas como si fueran chuches, y avisos de otras especies con peor prensa. Un alacrán que picó a un familiar en el jardín y lo mandó a urgencias. Una víbora avistada en un sendero de Sierra Nevada a unos metros de distancia.
También hubo quien llevó el tema al terreno político, con quejas de un participante sobre la administración y sobre la vida en la Cataluña rural. Terreno pantanoso y, a juzgar por el resultado, poco productivo para identificar arácnidos.
¿Qué se aprende de todo esto?
Que la fauna doméstica asusta en proporción inversa a lo que amenaza. Una araña lobo no va a hacerle daño a nadie más allá de un pinchazo desagradable, pero es lo que hay. Y que el instinto de matar primero y preguntar después convive, en la misma conversación, con quien prefiere no mover una persiana para no destrozarle la tela a una inquilina de ocho patas.
La pregunta sigue en el aire: si vuelve a aparecer otra, ¿vaso o alpargata?