Aznar avisa: si Israel cae, el problema será de Occidente
José María Aznar lo dijo en treinta segundos y sin despeinarse: «Si Israel perdiese lo que está haciendo, tendríamos un problema en el mundo occidental». La frase, difundida por
El Mundo, cayó como una bomba en un país donde el expresidente sigue siendo ese personaje que no necesita cargo para generar titulares. El argumento es de manual: Israel como dique de contención frente a lo que él llama amenazas compartidas. El problema, señalan las réplicas, es que nunca aclara cuál es exactamente ese problema, quién lo sufriría ni por qué España, a miles de kilómetros del conflicto, debería temblar.
Qué dijo Aznar y qué se le reprocha
El expresidente no improvisó. La cita forma parte de su línea habitual: defender a Israel como pieza clave de la seguridad occidental. Pero el envoltorio retórico se deshace en cuanto se le pide concreción. ¿Qué significa «perder»? ¿Qué es «lo que está haciendo»? ¿Y qué problema tendríamos aquí, en un país que no comparte frontera con Israel ni con ninguno de sus vecinos?
La respuesta más repetida es que Aznar repite marcos de
think tanks estadounidenses, en particular de la tradición evangélica que ve en Israel un aliado teológico y geopolítico. No es una tesis original. Es un lugar común importado. Y ahí empieza el problema: se presenta como evidencia lo que es una posición ideológica.
El muro de contención que no está en Gibraltar
El argumento del «muro» tiene su propia refutación geográfica. Entre España y África está el estrecho de Gibraltar, no Israel. Quien sostiene que Israel frena una hipotética invasión hacia Europa tendría que explicar por qué la principal vía de entrada migratoria al continente pasa por el Mediterráneo central y occidental, no por el Levante.
A esto se añade un detalle incómodo: los mismos que alertan del riesgo migratorio suelen ser los que reclaman más mano de obra extranjera para sectores como construcción, hostelería y cuidados. La contradicción no es menor. Y el dato de que España abrió procesos de regularización en distintas etapas —con picos de migración latinoamericana a principios de los 2000 y una normalización extraordinaria en 2005— desmonta la idea de que el fenómeno sea reciente o atribuible a un solo gobierno.
Las armas de destrucción masiva vuelven a la conversación
El nombre de Aznar arrastra un lastre que ningún discurso sobre Israel puede borrar: Irak. La acusación de que el gobierno de entonces justificó la invasión con la existencia de armas de destrucción masiva que nunca aparecieron sigue siendo el principal argumento para desacreditar cualquier intervención suya en política exterior.
Hay quien recuerda que el propio George W. Bush reconoció en sus memorias que lo de las armas fue un invento para justificar la guerra. Si eso es cierto, la credibilidad del expresidente para hablar de amenazas globales queda tocada. No es una cuestión de izquierdas o derechas: es de coherencia. Quien avisó de un peligro inexistente no puede pedir ahora fe ciega en su diagnóstico.
El desgaste del PP y la guerra interna de la derecha
En el plano doméstico, la salida de Aznar no ayuda a su partido. Hay quien sostiene que estas intervenciones restan votos y regalan munición al adversario. Otros, desde posiciones más duras, consideran que el PP se ha quedado sin discurso propio y que la única opción coherente es la abstención o votar a opciones marginales.
El resultado es una derecha que no termina de encontrar su sitio en política exterior. Unos piden prudencia y discreción; otros exigen alineamiento total con Israel. Y en medio, un electorado que no acaba de ver qué gana España con este debate.
El negocio detrás del discurso
No todo es geopolítica. La mención a la reconstrucción de Gaza como oportunidad para casinos, centros de convenciones y negocios inmobiliarios aparece en la conversación sin pudor. La sospecha de que el interés por la región tiene una pata económica —contratos, inversiones, intermediarios— planea sobre cualquier intervención pública de este tipo.
Es la vieja pregunta: ¿defiende Aznar una causa o una cartera? No hay prueba de nada, pero la sombra es alargada y él mismo se ha encargado de alimentarla con su historial empresarial tras dejar la política.
Al final, la frase de Aznar funciona como un eslogan: suena contundente, no dice nada concreto. Y mientras nadie aclare cuál es ese «problema» que supuestamente nos acecha, el debate seguirá siendo lo que siempre fue: una forma de hablar de Israel sin hablar de Israel.