Magnetismo vacunal: la cuchara pegada al brazo y las monedas de cobre
Un medidor de radiofrecuencia de 130 euros, capaz de leer señales de hasta 10 GHz, fue el último cacharro que alguien compró para comprobar si un brazo vacunado emitía algo. Antes habían sido imanes, cucharas y unas tijeras de un palmo. El supuesto «efecto imán» de las vacunas del coronavirus circuló con fuerza desde mediados de 2021 y ha reaparecido cada cierto tiempo desde entonces, sin que ninguna prueba física lo respalde. El cuerpo humano no genera campos magnéticos de esa intensidad después de una inyección intramuscular, y las monedas de 10, 20 y 50 céntimos no se pegan a un imán: cualquiera puede comprobarlo en su casa.
Qué decía exactamente el efecto imán
En su versión inicial, el fenómeno se presentaba como algo descubierto apenas dos semanas antes. Lo más parecido, se decía, era un imán clásico, pero no era un imán clásico: faltaba por saber qué atraía, qué no y cuánto duraba. El relato situaba el efecto en un radio de tres o cuatro centímetros alrededor del punto de pinchazo y sostenía que había personas vacunadas en enero que seguían «imantadas» meses después. Con el tiempo el supuesto fenómeno se amplió: aparecieron vídeos con imanes adheridos a nariz y frente de personas no vacunadas que se habían sometido a una PCR, e incluso a la vacuna de la gripe de finales de 2020. Ninguno de esos materiales venía acompañado de una medición reproducible.
Las monedas de cobre que no se pegan a un imán
El contraataque más elemental salió de la física doméstica: si el brazo estuviera imantado, arrastraría también las monedas de 10, 20 y 50 céntimos, que no responden a un imán. Fue el primer punto de fractura del relato. El segundo llegó con la ley de Faraday-Lenz: un imán que cae por el interior de un tubo de cobre se frena, sí, pero no porque el cobre sea magnético, sino porque el movimiento induce corrientes que generan un campo opuesto. Confundir frenado inductivo con atracción es el error típico de quien aprende electromagnetismo en vídeos de diez segundos. Sobre las nanopartículas planeaba la misma objeción: sin un campo externo variable y medible, no hay nada que amplificar.
Grasa, sudor y una piel que no es plana
La explicación más prosaica es la adherencia: la piel segrega grasa y sudor, tiene curvatura y ofrece resistencia por fricción y viscosidad. Un imán pequeño o una cuchara ligera pueden quedarse quietos unos segundos sobre una superficie pegajosa sin que exista fuerza magnética alguna. Enfrente, el argumento más repetido fue que la atracción «se nota» y que el imán no cae aunque se suelte desde cierta distancia. La réplica más citada desde el otro lado la firmó el decano del Colegio Oficial de Químicos de Madrid: que la gente se coloca imanes debajo del brazo. Entre ambos extremos, lo único verificable es una medición con instrumento calibrado, y esa sigue sin existir.
De las nanopartículas al 5G
El relato mutó varias veces. Primero se habló de nanopartículas superparamagnéticas, que existen de verdad en otros contextos: medios de contraste, ferrofluidos, experimentos de laboratorio. El salto consistía en pasar de «existen» a «están en el vial y se acoplan hasta volverse superferromagnéticas». El superferromagnetismo es un fenómeno real, pero exige concentraciones y distancias interpartícula controladas al nanómetro, tamaños homogéneos, en muchos casos bajas temperaturas y síntesis en laboratorio. No un vial de lípidos con 30 microgramos de ARNm. Después llegó la fase 5G: medidores domésticos, pulsos «peligrosos» en la banda de los 10 GHz y la sospecha de que el organismo se había convertido en un router. Como no aparecía ninguna señal codificada identificable, el argumento se recolocó: lo que se medía era «algo». Ese algo es, con bastante probabilidad, el ruido de fondo del propio aparato.
Los bits del brazo y el negocio del detector
Un divulgador que publica contenidos de biomejora tecnológica presentó mediciones de perturbaciones atribuidas al brazo de una persona vacunada, descritas como bits de información codificada. La anécdota es casi mejor que la teoría: el aparato se compró por 130 euros y, al probarlo, aparecieron frecuencias hasta entonces «ocultas» que no se detectaban con el modelo anterior. La conclusión que faltaba es la obvia. Un receptor de radio detecta radio. Los 10 GHz son territorio 5G declarado, y un teléfono móvil emite y recibe por definición. Nada de eso convierte a un brazo en un emisor autónomo, por mucho que el cacharro pite.
El archivo que vuelve cada cierto tiempo
Con los años, el asunto dejó de discutirse como física y pasó a funcionar como marcador. En octubre de 2024, el balance que circulaba venía a decir: casi todo el mundo vacunado, el 5G en todas partes y ninguna hecatombe en las calles. El contraste con los pronósticos más dramáticos fue la parte incómoda para unos y el argumento definitivo para otros. La otra parte incómoda es cuánto se parece esto a lo que ya ocurrió en 1975, cuando un ilusionista israelí, Uri Geller, dobló cucharas en el programa Directísimo de José María Íñigo y animó al público a repetirlo en su casa. Media España lo intentó. Muchos juraron que funcionaba. La diferencia es que entonces no había móvil para grabarlo ni archivo digital para conservarlo. Años después del primer vídeo, las monedas de 10, 20 y 50 céntimos siguen sin pegarse a ningún imán.