El voto a AfD: un análisis económico que Podemos prefiere ignorar
El triunfo de la ultraderecha en Alemania ha vuelto a colocar a Podemos en su papel de víctima sin autocrítica. Ione Belarra e Irene Montero lo atribuyen al rearme, al genocidio, al racismo contra los migrantes y a la destrucción de las políticas sociales. Pero el análisis de los datos sugiere una explicación más material: el hartazgo de una parte del electorado con políticas que percibe como injustas, y el abandono de los trabajadores por la izquierda tradicional.
Alemania y el descontento económico
Cuando se compara la Alemania actual con la de hace 26 años, el contraste es evidente. Los que han gobernado durante esas décadas no han sido los ultras, sino partidos de centro. Las políticas de bienestar y la gestión de la inmigración han generado un caldo de cultivo para el voto radical. Según una corriente de análisis, el voto a AfD no es tanto un rechazo a la democracia como un grito de auxilio. El debate económico subyacente es palpable: los que trabajan se sienten sableados, mientras los discursos identitarios no llenan la nevera.
El abandono de la clase trabajadora
El argumento de que la izquierda ha olvidado a los trabajadores para centrarse en identidades es recurrente. En España, Podemos mantiene un número estable de escaños, pero encadena derrotas. El discurso de paz, casa y trabajo de Montero choca con una realidad de vivienda inaccesible, salarios estancados y preocupación migratoria. Muchos votantes obreros han encontrado en formaciones como AfD el eco de sus quejas. Una queja que no siempre es racista, sino que a menudo se basa en la percepción de que el sistema les ha dado la espalda.
La paradoja de la lideresa de AfD
Una curiosidad que desmonta el relato simplista: la líder de AfD es abiertamente lesbiana y su pareja es de Sri Lanka. Este hecho, señalado por medios como as.com, muestra que la extrema derecha actual no es un monolito y que las categorías de «nazi» u «homófoba» no siempre encajan. Esto no rehabilita su ideología, pero sí evidencia que la realidad es más compleja que las etiquetas. Lo que en los años 30 era un fenómeno uniforme, hoy se presenta como un mosaico de sensibilidades que desafía las viejas narrativas.
En definitiva, mientras Podemos insista en explicar el voto ultra como consecuencia del racismo o el genocidio, la brecha entre su discurso y la percepción de millones de votantes se hará más ancha. El dato que descoloca: precisamente en esos lugares donde la izquierda ha sido más débil, AfD ha crecido con más fuerza. Y eso no se arregla con tuits.