Los clásicos como refugio: la lista que crece fuera del canon escolar
Una biblioteca heredada, con más de cuarenta años de ediciones en papel, Dickens y Tolstói incluidos, guardada ahora como un pequeño tesoro doméstico. Esa escena se repite en muchas casas y explica por qué una
biblioteca antiwoke —un inventario de títulos para blindar a la
familia— lleva tres años creciendo sin coordinador y ya supera las doscientas aportaciones. No es una recomendación literaria al uso. Es una lista defensiva, levantada sobre la sospecha de que lo que hoy se lee en el aula viene con instrucciones incorporadas.
Qué títulos entran en la lista imprescindible
La columna vertebral es la narrativa del siglo XIX:
Julio Verne, Alejandro Dumas, Dickens, Salgari y Haggard. Encima van las aventuras de infancia —La isla del tesoro, Sherlock Holmes— y dos nombres que hoy resultan incómodos por su retrato del otro: el Conan de Robert Howard y el Fu-Manchú de Sax Rohmer. En el mismo cajón, una
Diez negritos de Agatha Christie de la que más de uno guarda tres copias, porque su título y su contenido llevan años siendo reescritos en varios países.
El segundo bloque es más antiguo y más español:
el Siglo de Oro entero, de Lope a Calderón pasando por Cervantes y Quevedo, y los grecolatinos de cabecera, de Tucídides y Jenofonte a Séneca y Marco Aurelio. Cierra el apartado la tetralogía de José María Gironella sobre la Guerra Civil —Los cipreses creen en Dios, Un millón de muertos y Ha estallado la paz— presentada como antídoto contra el relato de parte. La Biblia íntegra figura entre las más votadas.
¿Por qué se recomiendan los clásicos antes que las novedades?
El criterio no es estético, es de seguridad. Un libro que se sigue imprimiendo siglo y medio después ha superado una prueba que ninguna novedad aprueba, y esa garantía se considera suficiente. La consigna que resume el bloque es una:
atesorar los clásicos antes de que los reescriban. No es una hipótesis de laboratorio: hay constancia de títulos corregidos, prólogos añadidos y ediciones que modifican lo que el autor escribió.
Hay una segunda razón, más prosaica. Los textos libres de derechos se imprimen baratos y aparecen en cualquier librería de lance, así que montar una biblioteca entera sale
por cuatro perras. Y una tercera, menos confesable: leer los mismos títulos que leyeron el abuelo y el padre funciona como marcador de identidad cultural, con independencia de lo que digan las páginas.
¿Sirve de algo leer un mundo que ya no existe?
Ahí llega la objeción más sólida. Novelas como Los cipreses creen en Dios describen una Gerona que al lector de hoy le suena a otro planeta: códigos, jerarquías y silencios que ya no se sostienen.
El lector no reconoce su propia vida en esas páginas, y eso juega en contra del propósito con el que se recomiendan.
La respuesta que se da es que el desfase es justamente el valor. Un clásico no enseña a vivir hoy; enseña cómo se vivía cuando las reglas eran otras, y esa distancia permite detectar cuándo alguien intenta imponer un marco nuevo como si fuera natural. Cuanto más extraño resulta el mundo del libro, más útil resulta la lectura, sostiene esta corriente.
La polémica: ¿esto es un refugio o una trinchera?
No todos los que pasan por la lista comparten la etiqueta. La apelación a una supuesta identidad cultural europea como criterio de selección provoca rechazo explícito, y hay quien sostiene que el problema no es el catálogo sino el marco mental de quien lo confecciona.
Los dos bandos creen las mismas reglas, se llega a decir: quienes imponen una lectura del mundo y quienes se limitan a quejarse aceptan que el mundo funciona así.
El otro tramo del desacuerdo es más prosaico. Una selección tan marcada deja fuera lo que no encaja y acaba funcionando como espejo que confirma lo que ya se pensaba. La advertencia no llega desde fuera: varios de los ensayos del propio catálogo —Spengler, Kaczynski— están ahí precisamente para explicar cómo se fabrica una opinión.
Del ensayo político a la censura editorial
La pata ensayística es la más heterogénea. Spengler y su
Decadencia de Occidente, con la cita de las
500 y 800 libras que el canciller del Tesoro británico repartía entre diputados en el siglo XVIII; Ortega y Gasset como profeta de la decadencia europea; y
Fahrenheit 451, que según Bradbury nació de un documento de 1790 que ordenaba quemar libros de influencia británica. La sociedad industrial y su futuro se lee como diagnóstico del control social, y El desembarco, de Jean Raspail, como advertencia demográfica.
El apartado español tira de memoria y de descatalogados. Hombres made in Moscú, de Enrique Castro Delgado, es para muchos el mejor libro escrito sobre la Guerra Civil; a su lado, las memorias de Antonio Tagüeña y la historia del PCE de Gregorio Morán. En el tramo final aparecen Los amos del PSOE, de Manuel Bonilla Sauras, publicado en 1986 después de que, según la versión que se repite, un comité asesor frenara su salida, y su continuación de 1991, La trama oculta del PSOE.
Cuando el libro no se encuentra
Hay un punto en el que la lista deja de ser literaria y pasa a ser logística. La presión sobre determinados títulos y la dificultad creciente para conseguirlos se citan como el problema del momento, hasta el punto de que hay quien sostiene que
el entorno digital es peor que la prensa, porque permite silenciar al disidente con negativos y cancelación sin dejar rastro. Guardar copias físicas deja de ser nostalgia y pasa a ser método.
Al margen de la ideología, el catálogo tiene un uso secundario nada desdeñable: sirve como mapa de lo que se está dejando de reeditar. Varios de los títulos citados solo se encuentran en librerías de segunda mano o en ediciones antiguas, y eso convierte la lista en un inventario involuntario de pérdidas editoriales.
El aval que más circula no procede de ningún crítico. La novela de Gironella sobre la Guerra Civil fue leída por Francisco Franco, que declaró en público una frase que sus recomendadores repiten como marchamo: «Esto sí fue la guerra».