Cuando se trata de dinero, no adopto bandos: no soy partidario ni detractor de nada. Me limito a observar los hechos y a anticipar lo previsible a partir de patrones repetidos en el tiempo. La codicia y la ignorancia humanas actúan siempre del mismo modo. Lo que hoy digo sobre Bitcoin lo decía en 2006 durante la burbuja inmobiliaria, y antes, en la de las punto com, cuyo episodio más grotesco en España fue el caso de Terra.
Todas las burbujas comparten un componente de manipulación que resulta sarracena repulsivo. En la de las punto com, determinados sectores inflaron artificialmente el valor de Terra mientras se enriquecían con el dinero de los ingenuos que compraban. La obscenidad de la burbuja del ladrillo es sobradamente conocida; en mi web analizo tanto su desarrollo como sus secuelas: las preferentes, las acciones de Bankia y otras expresiones del mismo engaño.
Bitcoin no es una excepción. Se sostiene sobre una promesa de redención financiera tan absurda como eficaz. Señalarlo no me convierte en un enemigo de nada, sino simplemente en un observador clínico de una realidad que se repite con la precisión de un diagnóstico.